Juan Jose Celorio Diaz, Karmele Carcedo Alarcia, Argiñe Otsoa de Txintxetru Bilbao, Bernard Lopez Uranga
Miembros de Gerrarik Ez

Pan, paz y democracia: por un 1º de Mayo contra la guerra y el militarismo

Desde su origen, el 1º de Mayo ha sido más que una jornada laboral: ha sido una trinchera de lucha por los derechos de quienes producen la riqueza del mundo. También ha sido una fecha para levantar la voz contra las guerras, el autoritarismo y el militarismo. Hoy, en 2025, ese espíritu combativo y ético es más necesario que nunca.

Vivimos un momento de escalada bélica global, con 42 guerras activas y 54 conflictos armados en total a nivel mundial. Estos datos provienen de un análisis actualizado hasta el 1 de abril de 2025, pese a que solo algunos, como Ucrania, Palestina, el mar Rojo o el Sahel, llegan a aparecer mediáticamente, otros, incluido el genocidio silencioso del Congo, ni siquiera aparecen. Y todo ello con un gasto militar mundial récord que contrasta con el deterioro de las condiciones de vida. Esta lógica de guerra no es un accidente, sino una estrategia de control, dominación y negocio que erosiona la democracia, normaliza el autoritarismo y somete las economías al poder armamentístico.

Ucrania, Palestina, ejemplos del colapso del orden internacional

En efecto, el mapa global de inicios de 2025 muestra un paisaje devastador: guerras abiertas, ocupaciones prolongadas, desplazamientos forzados y el desmoronamiento del sistema internacional de paz y seguridad. La invasión rusa de Ucrania, el genocidio en curso contra el pueblo palestino en Gaza, los conflictos en Sudán, Yemen o Haití, y las tensiones militares en Asia y el mar Rojo, no son fenómenos aislados, sino expresiones múltiples de una lógica sistémica de guerra permanente.

Tras más de tres años de conflicto abierto, la guerra en Ucrania se ha estancado militarmente, pero sigue avanzando en términos de destrucción social, desplazamiento humano y desgaste moral. Más de medio millón de soldados y civiles muertos y más de un millón de heridos, millones de personas desplazadas, ciudades destruidas, un país fragmentado. Las potencias occidentales han convertido el conflicto en una guerra proxy, canalizando armas y fondos mientras evitan cualquier negociación real.

Mientras tanto, la población ucraniana —especialmente las clases trabajadoras, campesinas, mujeres y personas mayores— paga el precio con sus vidas, con su tierra y con un futuro incierto. En paralelo, el pueblo ruso también sufre una creciente represión interna, una economía de guerra y la captura del Estado por parte de una élite militar-oligárquica.

Desde octubre de 2023, Gaza ha sido escenario de una ofensiva israelí sin precedentes, con más de 60.000 muertos, la mayoría civiles, mujeres, niños y niñas, y con la utilización de armas químicas, ataques dirigidos a la población civil (hospitales, escuelas, campamentos de refugiados...), impidiendo llegada de ayuda humanitaria y vulnerando con ello toda lógica de derecho internacional humanitario. La infraestructura civil ha sido arrasada: hospitales, escuelas, universidades, redes de agua y energía. Naciones Unidas y múltiples organizaciones de derechos humanos han hablado de crímenes de guerra y de lesa humanidad, pero la comunidad internacional ha optado por mirar hacia otro lado. El gobierno de EE.UU. ha sostenido su apoyo económico y militar a Israel, y la Unión Europea ha mantenido una tibieza cómplice.

Palestina no es solo un símbolo de resistencia, sino un espejo de la hipocresía internacional: se permite el castigo colectivo, la ocupación y el racismo estructural, mientras se invoca el derecho internacional de forma selectiva. Para millones de personas en el Sur Global, esta impunidad confirma la existencia de una geopolítica de dos velocidades, donde los derechos humanos solo valen si se alinean con los intereses de las potencias dominantes.

Trump, Militarismo global y Resistencia Transnacional

El regreso de Donald Trump a la presidencia de EE.UU. ha intensificado esta deriva. Su discurso de fuerza y grandeza acelera una agenda de confrontación internacional, militarización del Estado y retroceso de derechos. Su liderazgo inspira a otras derechas autoritarias, como las de Meloni, Orbán o Bukele.

Trump promete el mayor presupuesto militar de la historia, con expansión del arsenal nuclear y tecnología armamentística. En este contexto, las élites europeas impulsan  también el rearme y la lógica militarista: en 2024, el gasto militar mundial superó los 2,2 billones de dólares. La industria armamentística crece mientras los servicios públicos se deterioran. La guerra se normaliza no solo con armas, sino con narrativas de miedo, vigilancia, represión y odio institucionalizado. En este modelo, la diplomacia muere y la fuerza se convierte en lenguaje común.

La guerra ya no es solo entre Estados. Participan empresas privadas, milicias, mafias y grupos no estatales en múltiples frentes: armados, digitales, económicos y culturales. Es una “Tercera Guerra Mundial fragmentada”.

Pero también hay resistencias. Movimientos feministas, ecologistas, sindicales y antirracistas denuncian la guerra como lógica de dominación patriarcal, colonial, extractivista y de clase. Desde las mujeres palestinas hasta las huelgas climáticas o los movimientos de desobediencia civil, emerge una resistencia global, diversa y creativa, que defiende la paz con justicia.

¿Quiénes pagamos la guerra?

La guerra tiene un precio: lo pagan las clases trabajadoras. La transferencia de recursos desde lo social a lo militar es cada vez más evidente. Alemania, Francia y el Estado español han duplicado su gasto en defensa, mientras aumentan la precariedad, los desahucios y la pobreza. Y anuncian nuevas subidas justificando necesidades defensivas y jugando con anuncios de posibles vueltas al servicio militar obligatorio.

También en Euskal Herria vemos la presión de lobbys de la industria militarista como Zedarriak, auténtica punta de lanza de industrias y centros tecnológicos relacionados con producción militar, impulsando acuerdos con el Gobierno Vasco. Cuando a este último la propia Ley 3/2024, de 15 de febrero, de Cooperación y Solidaridad del Parlamento Vasco le prohíbe en su artículo 10.4 cuando legisla y expresa que “no colaborará con aquellas personas físicas o jurídicas dedicadas a la producción, comercialización y financiación de armamento o tecnología de uso militar”.

En Euskal Herria, por tanto, esta contradicción es palpable: innovación con fines militares en universidades, subvenciones a empresas armamentísticas, exportaciones a países en guerra… pero también una fuerte respuesta social: la plataforma Gerrarik Ez!, colectivos antimilitaristas, sindicatos críticos y feminismos combativos alzamos la voz para denunciar que “la guerra empieza aquí, y hay que pararla aquí”.

Porque la guerra mata, destruye, pero también empobrece, divide y liquida derechos, sus consecuencias concretas se sienten cada día:

    Precarización laboral: reformas regresivas y explotación amparadas en el miedo y la inestabilidad.

    Inflación y carestía: precios de energía y alimentos disparados por los conflictos.

    Militarización de la ciencia: desvío de talento y fondos desde el bienestar al armamento.

    Racismo institucional: fronteras fortificadas, migrantes criminalizados y apartheid migratorio.

Y son las mujeres, jóvenes, migrantes y comunidades vulnerables quienes más sufren esta violencia estructural.

Por 1º de Mayo como trinchera contra la guerra

En este escenario, el 1º de Mayo debe recuperar su fuerza originaria. No solo como reivindicación laboral, sino como resistencia integral frente a la barbarie. Hay que gritar un NO rotundo al militarismo, a las potencias agresoras, a la industria bélica y a la captura del poder por intereses corporativos.

Este Primero de Mayo debe ser un día de afirmación de la paz con justicia, de dignidad obrera, de soberanía de los pueblos, de defensa del derecho a no ser carne de cañón.

Desde Palestina hasta Euskal Herria, desde las calles europeas hasta los barrios empobrecidos del Sur Global, se tejen redes que dicen: ¡Basta de guerras! ¡Pan, salud, educación, cultura y paz!

Reivindicar la paz hoy es un acto profundamente revolucionario. Y hacerlo el 1º de Mayo es honrar la memoria obrera, las luchas feministas, el internacionalismo y la vida misma. Este 1 de Mayo debe ser un escenario donde los y las trabajadoras del planeta expresemos alto y fuerte

No a la guerra entre pueblos
Ni cañones ni metralla: pan, trabajo y dignidad.
Por un mundo sin ejércitos
Por un Primero de Mayo por la Paz.

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