Pesadilla en la Quinta Avenida
Dicen que la realidad siempre supera a la ficción, pero hay veces que la ficción explica mucho mejor la realidad. Imaginemos un día cualquiera en el nuevo Triángulo de las Bermudas en que se ha convertido la conexión New York-Bilbao-Gasteiz.
Son las 10 de la mañana, hora local en USA. Richard Armstrong, hasta ahora director general de la flamante Fundación Solomon R. Guggenheim, ha venido a su despacho en el 1071 de la Fifth Avenue a atender, como hace dos días a la semana, algún asunto urgente y, de paso, a revisar la correspondencia y a retirar efectos personales.
Peggy, su secretaria, le recibe con una sonrisa de oreja a oreja, debidamente incluida en su salario como complemento artístico sin cargas tributarias. Sobre la mesa de su despacho le espera un selecto y humeante café colombiano. Y al lado, unas no menos exquisitas delicatesen de la pastelería Martina de Zuricalday regalo de su amigo, casi hermano, Jon Iñaki, en las distancias cortas, y Juan Ignacio en los actos protocolarios.
«¡Han sido tantos años!», exclama para sus adentros al tiempo que comienza a dar buena cuenta del festín. Un refinado sorbo, una pasta. Otro más, una trufa. Cada bocado le remite a un pasado lleno de logros y victorias personales.
Su mirada se pierde ahora en la foresta de Central Park y, a un costado, en el icono por excelencia de esta ciudad: el Empire State Building. Respira hondo y apura el fondo de la taza, que acompaña con una galleta, también made in Zuricalday y personalizada a su nombre.
Sí, después de catorce años de duros esfuerzos y sacrificios personales, ha decidido dejar el liderazgo de la institución, aunque continúa como director emérito, a la espera de que la Fundación encuentre un sucesor que le sustituya y acreciente su ingente legado.
A su memoria llegan ahora algunos de los momentos cumbre que le ha brindado el ejercicio de su cargo en las numerosas visitas que ha hecho a su franquicia de Bilbao en el País Vasco. Todavía se emociona cuando recuerda aquellas «Kokotxas de bacalao con patatas alavesas en salsa verde», que se metió entre pecho y espalda en el Restaurante de Martín Berasategi. Una obra culinaria que ni el más excelso cuadro de Vasili Kandinski hubiera podido igualar. O, mejor aún incluso, con aquella otra experiencia sobrenatural que tuvo un día en el Mugaritz de Luis Aduriz, cuando probó, entre otros muchos manjares, unas «Habas de cacao cocinadas en un caldo de alubias con un Vinsanto de Santorini» y que luego remató con unos «Rabitos de cerdo ibérico y cigalitas salteadas bañados con la reducción del jugo de cocción infusionado con jamón ibérico de bellota».
Aquel día, durante dos horas y media, Richard Armstrong (homónimo del astronauta que fue a la Luna y del no menos famoso ciclista que ganó dopado siete Tours de Francia), ascendió no solo a lo más alto de la cadena de valor alimenticia, sino que, además, trascendió a una nueva dimensión artístico-religiosa. Él era el elegido para una misión sagrada: hacer del País Vasco una nueva Tierra Prometida y colocarlo en el pedestal de la vanguardia artística mundial.
Poco a poco fue moldeando su idea. El plan era sencillo y nada costoso porque eran otros los que acarreaban con todos los gastos de tan magna obra. Solo había que echar mano de aquel Paraíso que le mostraron. Allí, en aquella Reserva de la Biosfera, instalaría lo que solo una mente de su nivel podía imaginar: un Museo de arte contemporáneo, discontinuo, made in USA.
Se puso manos a la tarea. Unos planos por aquí, nada por allá, sacamos de la manga las ya clásicas, pero todavía eficaces apelaciones al crecimiento económico y al bienestar, tenemos unas instituciones locales dispuestas a colaborar sin reservas y a «desbrozar» el camino de cuantos impedimentos salgan al paso, barnizamos todo de «econocinismo», decimos que vamos a atraer «turismo de calidad», eliminamos normativas obsoletas y echamos mano de los grandes medios de comunicación para que hagan el «trabajo sucio».
En poco tiempo, la idea, su idea, ya había cogido velocidad de crucero, aunque su frateramici Jon Iñaki o Juan Ignacio, hubiera dicho en los últimos tiempos que «seguimos sin tener luz verde para que el Guggenheim Urdaibai eche a andar». ¡Qué ocurrente era Jon Iñaki! ¡Qué forma de despistar a las masas ignorantes! Él sabía de sobra que todo estaba «atado y bien atado», pero era mejor no decirlo para no despertar las energías opositoras de los irredentos vascos.
Deja sus recuerdos atrás y se asoma ahora al amplio ventanal que da justo enfrente del lago de Central Park. La vista es espléndida. De esas en las que uno siente que el poder, todo el poder del mundo, está justo en ese lugar en el que las piernas se unen al resto del cuerpo.
¡Se siente tan satisfecho de su obra en ciernes! Nadie le va a quitar el mérito de meter un Museo, su Museo, en una Reserva de la Biosfera, de ahora en adelante su Reserva, porque Urdaibai ya es de su dominio, una Denominación de Origen más que añadir a su colección de museos por todo el mundo.
La mañana es luminosa, como en las películas de Woody Allen. El cielo de New York le parece a Armstrong que está abovedado con millones de billetes de cien dólares. Le fascina imaginar un mundo con estos billetes cubriéndolo todo a modo de grandes portaviones volantes. Es el signo del imperio. De la creatividad llevada al límite. Con la imagen del presidente Benjamín Franklin y, a su derecha, respaldándole, el escudo del país y su águila calva, ave nacional de los Estados Unidos, icono del poder, la fuerza y las libertades.
Sí, él sabe que los liderazgos no siempre se entienden. Y que ha de pasar aún mucho tiempo para que la sociedad vasca valore el gran aporte que él y la Fundación Guggenheim proponen con su Museo en Urdaibai, en medio de una naturaleza exuberante.
Mira de nuevo por los ventanales. ¡Todo es tan perfecto! Bueno, a lo lejos parece acercarse una mancha oscura uniforme. Sí, ahora se fija mejor en los billetes que vuelan como si fueran aves. No puede ser. Hay algo que no cuadra en la escena. Se frota los ojos y vuelve a mirar el detalle. No es el águila calva la que viene, sino otra de diferente especie. La reconoce al instante y se estremece. Es el águila pescadora (arrano arrantzalea), un ave que también anida en Urdaibai después de muchos años de estar ausente, justamente donde él pretende colocar su designio sublime.
De repente, el cielo de New York parece tornarse oscuro, tenebroso, inclemente. Una tormenta se está desatando sobre la desembocadura del río Hudson y amenaza Manhattan, toda la gran urbe. La quietud del lago de Central Park se torna ahora un vendaval que azota con fuerza árboles y visitantes. El reino de las tinieblas se apodera de la ciudad como si el infierno tomara sus edificios y calles.
Peggy entra asustada al despacho y pregunta qué es lo que sucede. Armstrong no puede dar crédito a lo que ven sus ojos. Una multitud de águilas pescadoras sobrevuelan furiosas frente a los ventanales. Algunas chocan sus picos contra el vidrio en un martilleo incesante. Todo el edificio parece tambalearse.
Suenan las alarmas, como en la película del «Titanic», donde James Cameron retrata a Benjamin Guggenheim, el millonario heredero que muere ahogado tras poner a salvo a su amante. Peggy sale despavorida del despacho y se olvida de su complemento artístico sin cargas tributarias. Richard Armstrong no entiende nada de lo que ocurre. Quizás sea un mal sueño, tal vez alguna broma pesada al estilo de Orson Welles cuando en 1938 dramatizó por radio la adaptación de la novela de Herbert George Wells "La guerra de los mundos" y sembró el pánico entre millones de ciudadanos pensando que se trataba de la llegada de extraterrestres.
Las águilas siguen llegando a cientos, al igual que si se tratara de pilotos japoneses kamikazes en la II Guerra Mundial sobre la bahía de Pearl Harbour. Rozan los ventanales y hacen piruetas inverosímiles como queriendo expresar algún malestar inexplicable. Armstrong decide abandonar su despacho. Apenas queda ya gente en el edificio. Algunos empleados se han ocultado bajo sus mesas y otros buscando refugio en los lavabos. Cuando alcanza el vestíbulo de la planta baja siente que está ante una nueva versión de «Los pájaros», de Alfred Hitchcock.
El espectáculo es dantesco. Ni Breughel el Viejo hubiera podido expresar mejor en «El triunfo de la muerte», su obra más conocida, lo que contemplan los ojos horrorizados de Armstrong. Hay cadáveres por todas partes. De aves. Decenas de arrano arrantzaleak se han inmolado por todas partes, y sus restos cubren la fachada, los ventanales y el atrio de entrada del Museo.
Armstrong sigue sin ser consciente de lo que en realidad está pasando. Se da la vuelta y sube a su despacho. Mientras tanto, la pesadilla sigue extendiendo sus largos tentáculos. Ve a Peggy que sale de los lavabos descompuesta y que a duras penas puede regalarle una sonrisa forzada, esta sí, con recargo tributario.
Enciende la televisión. La NBC la CBS, la Fox, la CNN… todas las cadenas están comenzando a informar a sus audiencias sobre el extraño suceso. Una de ellas, la CBS, incluso ha desplazado ya una unidad móvil al lugar de los hechos. Policías están intentan acordonar el acceso al Museo. La gente, arremolinada en las aceras, se pregunta por qué hay tantas aves dando vueltas por el cielo.
Una cámara enfoca a un pequeño grupo de personas que están muy cerca y lanzan unas proclamas al tiempo que sostienen una pancarta con un fondo blanco, verde y rojo bajo un corto texto. La cámara de la CBS se acerca a captar con más nitidez la escena. Richard Armstrong cree enloquecer. No, no quiere ni oír ni ver aquello. Las voces suenan poderosas: «Guggenheim Urdaibai Stop», «Guggenheim Urdaibai Stop», «Guggenheim Urdaibai Stop»…
(Continuará)