Poder popular y socialismo

Los resultados electorales de Euskadi y Galicia ponen a los partidos progresistas, en el grado que alcance en cada uno ese progresismo, ante la necesidad de plantear unos vínculos que les confieran una eficacia superior merced a una estructura que permita sumar sus energías básicas, ahora dispersas.

03/10/2016

No se trata de que esos partidos prescindan, en una exhibición retórica e inconsistente, de sus respectivas arquitecturas de comunicación, sino de que integren sus contenidos ideológicos fundamentales y coincidentes en un vigoroso entusiasmo común para lograr el objetivo del cambio de sociedad, ya que en ese entusiasmo –del que los antiguos griegos que inventaron la democracia y la libertad decían que era divino– radica todo el futuro que apremia dada la gravísima situación del mundo, que no puede mejorarse ya con ninguna clase de parches miserables. Frente a un Sistema reaccionario que muestra los partidos que contiene como prueba democrática de que no funciona como una dictadura –el carnaval convertido en prueba de libertad– hay que abrir las compuertas que permitan la riada popular de la democracia verdadera. Aguas revueltas muchas veces en su manifestación inicial, desde luego –la libertad siempre tiene un precio–, pero aguas vivas que arrastren los desechos del despotismo y que ventilen el cauce social, aunque se padezcan inconvenientes añadidos, como el uso inevitable de un lenguaje modelado hasta hoy por un diccionario de clase.

Las elecciones en Galicia y Euskadi han revelado que hace falta una poderosa actividad política que funcione en paralelo a la que está definida como institucional; un movimiento enérgico, responsable y decididamente asambleario para que no se oxide del todo la opinión pública que ha de protagonizar sin reservas un pensamiento alternativo potente. La laxitud en este extremo provoca un cansancio desarbolante.

En Galicia hace mucha falta ese movimiento extrainstitucional y asambleario. El caciquismo gallego ha vuelto una vez más a la práctica de la andadura sobre cinta roulant: dar pasos sin moverse del mismo espacio. Galicia es como un inmenso gimnasio dotado de aparatos fijos con marcha imaginada. Para redondear la imagen digamos que al final de la vertiginosa y, sin embargo, quieta galería está la sauna donde el cacique procede al ablandamiento y lavado de sus ciudadanos.

Por lo que respecta a Euskadi ese asambleísmo popular evitaría, al facilitar una información más amplia, que la ambición vasca de soberanía no vaya debilitándose con la maniobra de amortizar la apetencia de libertad nacional en los ciudadanos mediante la promesa de incorporarlos a un ámbito global cada vez más inevitable, potente y repleto de posibilidades. Quizá es en este engaño donde hay que enmarcar la frase de que «la soberanía es cosa del pasado». A este respecto bueno es recordar que a ese ámbito al parecer magnífico, no se llega sin abdicar de la justicia social y del trabajo digno y en el cual la libertad, que en definitiva es administrada por los poderosos, adquiere perfiles teratológicos en lo personal y lo nacional, lo que la convierte en inutilizable por las masas. Una tradición secular demuestra que los administradores de esta «fastuosa» teoría de que los débiles busquen su grandeza buceando en lo más grande sólo aspiran a un mando consular o delegado que es premiado fructuosamente por su servidumbre. Un mando en el que quién lo ejerce procede casi siempre a lavarse las manos tras autorizar la crucifixión de la esperanza. En cuanto al pueblo entregado en bandeja por sus dirigentes al «imperio» pasa de posible soberano a seguro colonial con las correspondientes consecuencias humanas antes o después. Es fácil concluir, sin utilizar gafas tridimensionales, que cualquier río resulta hermoso si se ajusta a su cauce, pero arruina su potencia si se dilata este cauce sin acrecentar su caudal.

Pero qué personalidad han de tener y qué clase de energía ha de mover a esa asamblea para la libertad de la venimos hablando? Evidentemente, si atendemos a lo que demuestra la historia dentro del mapa del Estado español, esa asamblea ha de funcionar con respiración republicana. No hay ninguna posibilidad, al menos hasta el presente –y el cuadro actual es siniestro– de que, aquí, un cambio verdadero del sistema social se realice al margen de la República. La República es una operación a corazón abierto absolutamente necesaria para corregir nuestro perpetuo infarto político. El oculto deseo de libertad y justicia que albergan aún, en dolorido silencio, una serie de españoles, aflora cuando el horizonte se torna republicano. Entonces eso españoles liberan su entusiasmo y proceden a empujar a esta infeliz nación.

Pero la posibilidad para lograr este objetivo se ha desvelado una vez más muy difícil dada la contaminación reaccionaria que han demostrado sufrir los dirigentes socialistas alzados con ira contra la decisión de su secretario general de mantener su sonoro «no» frente a un gobierno tan repleto de viejo caudillismo como es el gobierno del Sr. Rajoy. Yo no sé hasta dónde llegaría el socialismo del Sr.Sánchez caso de reanimar con una dosis apreciable de progresismo –no más– el cuerpo yacente del PSOE, pero la mitad de sus dirigentes han dinamitado el camino intentado por su secretario general y se han negado en redondo a consultar a sus bases, que debieran ser soberanas, acerca de su voluntad política. El socialismo fue destruido por los alemanes de los años veinte del pasado siglo y el cadáver resultante, conservado en el formol social democrático, está siendo arrastrado ahora por las calles alemanas, francesas, italianas o españolas… Aquí ofició el funeral por el socialismo Felipe González cuando, tras la escandalosa traición de Suresnes, hizo que el PSOE renunciara al marxismo –¿y qué es el socialismo sin marxismo?– enganchándolo ladinamente al último vagón del tren neocapitalista, con la incorporación a la OTAN, con la equívoca privatización de la riqueza pública, con la amortización de todo recuerdo republicano, con el ejercicio de una silenciada violencia antidemocrática nacida de los estremecedores «desagües del Estado»… Mentira tras mentira, falsificación tras falsificación, el Sr. González fue eliminando los últimos recuerdos de un socialismo que ya era una pobre caricatura de sí mismo y estabuló España –que sólo es ya un lacre patriótico para mantener cerrado el sobre de los ideales democráticos– en la finca de un capitalismo que a su vez se ha desprendido del puritanismo inicial que le confería una cierta dignidad. Pues ese Sr. González se duele ahora de que el Sr. Sánchez le engañó y, por tanto, le decepcionó al negarse a una abstención en el voto de investidura que hubiera significado para España la repetición de un asolador gobierno «popular» ¡El Sr. González protestando ante un engaño! ¡Toma Jeroma pastillas de goma! Algunas veces no se debe reprimir la expresión vulgar porque facilita la respiración.

Pues bien, con ese difunto socialismo a cuestas andan ahora afanosos los socialistas levantados del Sr. González, tratando de evitar a sus seguidores la carga del pensamiento. Y junto al Sr. González esa madre en trance dramático, la Sra. Díaz, abrazada a una Andalucía que sigue ahí, pobre y olvidada, de reposapiés de quienes han hecho del socialismo un pasaporte para la eternidad. Como decía Woody Allen «¡Que difícil es sobrevivir a una madre!»

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