Ekain De Olano

Polarización en Estados Unidos: caminando hacia una guerra civil difusa

En el actual panorama político de Estado Unidos, la polarización extrema ha redefinido las posturas de los partidos demócrata y republicano. Los demócratas, bajo la administración de Joe Biden, se han centrado en una política exterior que incluye el apoyo a Ucrania en su conflicto con Rusia, mientras intentan mantener el equilibrio interno entre sus alas moderada y progresista. Por otro lado, los republicanos, liderados por Donald Trump han adoptado una postura más aislacionista, promoviendo la «reconstrucción» interna del país.

A diferencia del conflicto de Ucrania, el genocidio en Palestina ha polarizado profundamente a la sociedad estadounidense, afectando particularmente a las comunidades árabes y judías. Esta división ha introducido una nueva dimensión doméstica al debate político, complicando aún más las dinámicas electorales. Mientras los demócratas buscan en Kamala Harris la voz unificadora, los republicanos han utilizado el nacionalismo excluyente como una herramienta para galvanizar su base.

Mientras que el conflicto en Ucrania es visto por la administración demócrata como una cuestión de apoyo a la democracia frente a la agresión rusa, el genocidio en Palestina ha suscitado una intensa polarización. La contienda bélica en Ucrania tiende a unir a gran parte del espectro político, reflejando una política exterior tradicional de defensa de los aliados; pero, la cuestión palestina ha acalorado el debate sobre los derechos humanos y la justicia social.

Más allá del conflicto abierto que se vive en Palestina, este ha generado un estado de permanente tensión y antagonismo en todo el mundo; pero, más aún en la sociedad estadounidense. Esta enemistad se ha manifestado en una mayor fragmentación de la sociedad, la pérdida de cohesión comunitaria y en la proliferación de conflictos interpersonales e intrapersonales.

En febrero de este año, el soldado estadounidense Daniel Harris, de 26 años, se prendió fuego frente a la embajada de Israel en Washington DC mientras decía «no seguiré siendo cómplice de un genocidio». Este joven, profundamente perturbado por la violencia en Gaza y la falta de respuesta, se enfrentó a una intensa angustia emocional que culminó en su desesperado acto al grito de «Palestina libre». Es el reflejo de cómo una subjetividad disociada conduce a las personas a un constante conflicto, no solo con los demás, sino también consigo mismos. La alienación, la ansiedad y la fragmentación de la identidad son síntomas de la dimensión que ha alcanzado el genocidio palestino.

En todo el mundo se han podido ver multitudes clamando por la liberación de Palestina. Ha habido protestas significativas en ciudades como New York o Los Ángeles exigiendo un alto al fuego. En universidades como UCLA, los estudiantes han interrumpido eventos proisraelíes. También, hemos visto a los partidarios del estado terrorista de Israel cómo han arropado en las calles emocionalmente el genocidio contra la población de Palestina y en cómo estos han degenerado en enfrentamientos entre manifestantes proisraelíes y propalestinos en ciudades como Los Angeles. O la campaña iniciada por el grupo Californiano UnXeptable contra la presencia de Netanyahu en Washington el pasado 24 de julio.

Las personas que se enfrentan a esta situación difusa buscan, por medio de la lucha, recuperar la autonomía y la capacidad de acción colectiva para luchar contra las injusticias, y poder contar a sus hijos que no se quedaron con los brazos cruzados y alzaron la voz. La guerra civil no deja indiferente a nadie. Como escribió Tucídides, «el que no se interesa por los asuntos públicos no es un hombre pacífico, sino un ciudadano inútil». En la guerra civil, la neutralidad no es una opción; todos se ven afectados y juzgados por su participación o la falta de ella. Trump no ha dudado en adoptar una postura firme en apoyo al genocidio que está llevando a cabo Israel y ha criticado cualquier propuesta de paz. Biden ha mantenido una posición de apoyo equilibrado, defendiendo el derecho de Israel a defenderse, mientras también expresa su preocupación por la situación humanitaria en Palestina.

Mientras tanto, Kamala Harris ha intentado navegar entre las dos alas del partido demócrata, promoviendo la diplomacia y el diálogo; sin embargo, debido al estado de guerra civil difusa, ha enfrentado presiones para adoptar un discurso más crítico, como lo demostró con sus palabras el pasado 26 de julio en Twitter: «No podemos mirar hacia otro lado ante estas tragedias. No podemos permitirnos volvernos insensibles ante el sufrimiento, y no me quedaré callada». Uno de estos críticos ha sido Bernie Sanders quien directamente ha abogado por la desinversión y el boicot a Israel.

En una sociedad, donde el centro del espectro político tiende a desvanecerse, la salida del túnel se bifurca en dos extremos. El advenedizo Trump ha abanderado el malestar de la raza blanca, contra los intereses de Wall Street, y ha trazado una hoja de ruta antiglobalización perfectamente delimitada; sin embargo, los demócratas sin un líder capaz de capitalizar todo su poder aún no vislumbran la salida del túnel multicultural que propone Sanders.

Es una ardua tarea la que tienen por delante las nuevas generaciones que están destinadas a liderar el partido demócrata. Siguiendo la estela de Sanders, estos jóvenes deben primero derrotar al establishment del partido demócrata. Un primer paso en esta dirección fue el triunfo en las elecciones primarias en Nueva York de Alexandria Ocasio-Cortez.

Hoy, Kamala Harris, quien en 2019 trató de mantenerse en la fina línea entre el ala progresista y moderada del partido, y acabó sin llamar la atención de ninguno de los dos bandos, se presenta como la candidata más capaz para mantener la concordia dentro del partido demócrata. Aun así, probablemente se verá arrastrada por la extrema polarización que vive el país, viéndose obligada a adoptar posturas más radicales, alejándose de la histórica posición equilibrada que ha mantenido.

La polarización política extrema en Estados Unidos, exacerbada por conflictos internacionales como el genocidio palestino, obliga a los actores políticos a tomar posiciones más radicales, reflejando las tensiones internas de la sociedad.

Ningún presidente demócrata reciente ha enfrentado una crisis interna tan feroz en cuestión de política exterior. Este ambiente desafiante requiere de líderes que puedan navegar en las turbulentas aguas de la historia, con el suficiente valor para enfrentarse a la Quimera formada por Trump, Netanyahu y sus acólitos del Aipac (American Israel Public Affairs Committee) es lo único que puede evitar la hecatombe.

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