Patxi Zabaleta
Abogado

¡Pro amnistia!

Por la amnistía. Amnistiaren alde! Ahora también toca.

«Gestora Pro Amnistía». Así se le denominó –con la preposición latina «pro»– a la coordinadora de los diferentes movimientos e iniciativas de finales del franquismo. Cuando en los años 1975 y 1976 anduvimos algunas y algunos por ciudades, barrios y pueblos, haciendo campaña por la amnistía, utilizábamos ese nombre, que yo sigo reivindicando con honor.

Tuve la suerte de compartir carreteras, tablas y estrados en algunas ocasiones con Jacinto Otxoa Martinicorena de Uxue. Había estado más de 26 años en las cárceles franquistas y había participado en fugas y en fracasos guerrilleros. Había sufrido y visto la tortura como regla sistemática con los detenidos y represaliados políticos y conocía sacas para fusilamientos y las miserias de toda índole, como común denominador de los presos. Pero también había conocido la solidaridad de hierro forjada como máxima expresión de humanismo entre las pocas personas, que demostraban la sensibilidad y la valentía para hacerlo.

A Jacinto le oí y de él aprendí una idea, que solía repetir a menudo: «Amnistía es que yo le perdono a la sociedad». Y a veces, daba explicaciones refiriéndose a los sublevados, torturadores, carceleros y toda clase de esbirros, ladrones y aprobetxategis… Porque el Franquismo –Mola, Franco y Cía.–, fue el culpable originario de todos los muertos y represaliados de ambos lados de la guerra del 36. La monserga de los «dos bandos» no es más que un el intento de blanqueo de los militares y de los bancos, periódicos, políticos e Iglesia, que les secundaron. La prueba emblemática de ello son las fosas; sabían que asesinaban y por eso sabotean su investigación.

Según aquella idea de Jacinto, amnistía sería hoy que Oriol Junqueras y todos los que han sufrido cárcel y vejaciones por la defensa política de sus ideas, le perdonen a la sociedad. Una de las bases imprescindibles de la verdadera democracia es que las ideas políticas defendidas por métodos democráticos no sean ni puedan ser calificadas de delito, por elemental imperativo de los derechos humanos.

La mayoría de las políticas y políticos catalanes y lo que queda de la intelectualidad republicana sin haber sido corrompida por la nauseabunda bazofia tertuliana se llevaron dos grandes sorpresas con el centralismo de Madrid: No creían que los tratarían como si fuesen de ETA y esperaban mucho más de Europa. Pero se equivocaron; España, desde que perdió el imperio, se afana en ser nación excluyente; y los estados europeos, desde que perdió las colonias, pretende basar sus porciones de hegemonía en sublimar sus particularidades. Y de esos míseros objetivos se alimenta la intelectualmente indecente extrema derecha, que es por su propia bazofia mental contraria a los derechos humanos, a Europa y, cuando les conviene, a las evidencias como el problema machista.

Aquí y ahora la ultraderecha siguen en guerra. Niegan la evidencia de que ETA se haya disuelto o haya dejado de utilizar la violencia. No solo no han contribuido a la paz vasca, sino que siguen tratando de boicotearla y como se mantienen en el golpe de estado permanente –en terminología de Mitterrand– analizan el problema catalán desde el alocado prisma del golpe militar y de la aberración estúpida y cruel que supone el verlo.

En este estado de cosas, la amnistía por los delitos políticos no solo es conveniente, sino imprescindible. Y no solo para Cataluña, sino también para Euskal Herria y el resto del estado.

No existen, ni pueden existir democráticamente, impedimentos jurídicos, ni técnicos para la amnistía. Y no debiera haber objeciones políticas, dada su significación y simbolismo ayudan directamente a la convivencia. En estos tiempos, en que los enemigos de la paz siguen impidiendo aún que la memoria democrática alcance y se extienda a las víctimas de todas las violencias de motivación política, es más necesaria y conveniente que nunca la amnistía. ¡Siempre pro amnistía!

Aunque, viendo y oyendo la rabia, con que hablan de este tema los sembradores de odios, no puedo sino recordar con melancolía otra de las frases, que solía decir Jacinto, cuando volvíamos de alguna de aquellas charlas, en las que habíamos tenido poco público: «Venimos en balde, Patxi –me decía–, porque los que han acudido ya estaban convencidos y los que no estaban convencidos no han acudido».

Cosas de la política. Nunca fue fácil predicar a pie llano.

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