Francisco Panera

¡Que vienen los grises!

¡Que vienen los grises! ¡Toma ya! ¿suena fuerte, eh? pero no me refiero a aquellos del uniforme y de la gorra de plato. Estos grises están entre todos nosotros y con su postura conformista y gris, ahora sí, contribuyen a convertir el miedo en epidemia. No es nada nuevo y seguro que aún perduran en muchas memorias algunos ejemplos.

A la sombra de la represión franquista además de neutralizar el más mínimo atisbo de oposición, se cuidaron mucho los responsables de aquel aparato represivo de neutralizar el menor asomo de conciencia crítica entre la población. Consciente o inconscientemente, a veces incluso desde las propias familias por puro temor, se inculcó aquello del «no destaques», «pasa desapercibido» o «!que sea otro el primero!» para así esquivar los problemas que se topan aquellos que batallan por sus derechos.

A eso se reducía todo, a ser gris. Algunos, (no todos), hicieron caso omiso a esos consejos y alcanzaron (no todos) logros colectivos que comparados con todo lo que el capitalismo como ente expolia a hombres y mujeres no serían mas que un pequeño logro, pero sin duda una gran conquista en el mantenimiento de su dignidad. Y ahora vemos como igual que las fichas de un dominó dispuestas en fila, caen los derechos laborales, caen los sanitarios... y caerán todas aquellas conquistas que se lograron adquirir fruto del tesón y de la lucha, derechos colectivos que hemos heredado y que como nos hagamos merecedores de ellos con una reacción adecuada y proporcional al tamaño de tal agresión, están condenados a desvanecerse. Es desalentador.

Nunca como ahora hemos tenido tantas posibilidades de expresarnos, de comunicarnos, de compartir nuestras opiniones y trazar en conjunto dinámicas que sirvan para organizarnos. Además de sabernos mças y con el convencimiento de que defendemos algo justo, por encima incluso de posturas políticas que nos diferencian, es posible conservar la determinación de no resignarnos a que nuestro mundo sufra tal involución en los derechos mas elementales.

No servirá escabullirnos en una masa tras los mas osados que ocupen la vanguardia, es imprescindible superar las divisiones que provocan entre nosotros para así doblegar nuestras voluntades y es que sabemos y saben que tenemos un gran poder: ¡podemos decir no! Con pulsar simplemente un botón, nuestras opiniones, nuestros mensajes o convocatorias pueden multiplicarse en minutos de forma exponencial, contamos con esa herramienta, valiosísima, ¿y qué ocurre? Poca cosa la verdad, y es que claro, aquellos que nos están abocando a la miseria evidentemente no se van a quedar esperando a que el gallinero se les alborote y como está muy feo eso de estar todo el día amenazando y empleando la porra (que también) trazan estrategias paralelas que con tono didáctico a través de medios de comunicación masivos.

Ahí cobran todo su sentido las arengas de algunos sociólogos o simples profesionales de la creación de opinión, (tertulianos por simplificar) que con muy buena voluntad se dedican a instalar en nuestras mentes la semilla del miedo, el temor a que otros sepan lo que pensamos. ¡Como está cambiando esta sociedad! Cuidado con lo que publicas en las redes sociales, con tus comentarios y opiniones, porque... ¡si cualquiera lo puede leer, cualquiera te puede rastrear! Incluso tu currículum se podría ver afectado... ¡Ahí le han dado! Y como decir las cosas así a la brava posiblemente siente mal, mejor servirlo aderezado con el recurrido episodio de ese tipo torpe que cuelga una foto propia o ajena cuyo protagonista en estado eufórico tras una copiosa ingesta de combinados posa sin ningún tipo de pudor, o alguna grabación en vídeo más escabrosa y si es subida de tono tanto mejor, que no está mal alegrar el ojo.

Y es que cafres ha habido y habrá siempre, es de dominio público y a veces incluso hasta tienen gracia ¿y por ello invierten tiempo y cuartos estos benefactores preocupados? ¿por alertarnos de tales peligros? Sabes que al final se reduce a que no te expreses, a que te calles, a que tu solo te digas ‘que proteste, que denuncie otro, que lo diga otro». Que mejor es que mantengas la boca cerrada y si acaso, en un arrebato de dignidad te conformes pulsando un ‘me gusta’ en una red social y bueno... igual así has puesto tu granito de arena para detener el cambio climático o sumas de esa manera tu indignación ante los desahucios...

Podemos decidir dar un giro a esta situación, eso sí, hacerlo solo es jugar muchos números en la tómbola de las represalias, ¡mira que te lo han advertido!, te dirán. Podemos seguir con esta pasividad colectiva, armando de razones aquellas advertencias tan antiguas de camuflarnos similar a un banco de sardinas o un rebaño de corderos que se agrupa nervioso intentando que sea otro individuo del grupo la presa del depredador.

Entonces escarmentados volveremos a ponernos de gris otra vez. Esa es su baza, esa es su arma: nuestra división y nuestro miedo Pero hay ocasiones, en serio a veces ocurre, que los hombres y mujeres no se amedrentan, que se unen hombro con hombro y encaran los embates de su desdicha porque han logrado tejer entre ellos una red sólida de conciencia y dignidad. Ya ha sucedido otras veces y sin duda está próximo a ocurrir de nuevo, no nos queda otra. Di lo que piensas, que también va incluido en los megas que te ofertan al contratar tu tarifa de internet, e intenta ser un individuo libre por el simple hecho de que está en tu propia naturaleza conseguir serlo.

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