Elias Anton Murgiondo

Religión como arma de destrucción masiva

Estas reflexiones son producto de ver a la extrema derecha utilizar la religión como arma de destrucción masiva en estos momentos de involución hacia tiempos pasados, donde la represión, la tortura y el asesinato, han sido moneda corriente con el palio de la Iglesia como escudo protector.

En este mundo trastornado e insolidario concurren innumerables formas para adoctrinar o lavar el cerebro a la humanidad. Como agnóstico militante llevo unos días dando vueltas al efecto religioso como arma de ataque para atemorizar –a través de la mentira y el engaño– a grandes capas de las poblaciones bajo el control capitalista, abduciendo y promoviendo embustes sobre dioses y vírgenes que penetran en las costumbres y la «cultura» de amplios sectores de la población mundial. Las diferentes sectas (principalmente las monoteístas) que ocupan los territorios donde están implantadas, envían mensajes de sumisión y castigo para quienes osen desviarse del mensaje oficial de los aparatos de propaganda de sus centros de poder; también ofrecen bienestar y lugares paradisiacos para cuando la vida se agota y se muere. Todo ello desde lugares elevados, desde consignas y mensajes manidos y nunca demostrados, producto de historias acumuladas y manipuladas para mejor dominar.

Cuando paso por la puerta de una iglesia o escucho la impunidad de las campanas de llamada, cuando veo a esas personas que acuden a los rezos y a practicar los ritos de los clérigos, me acuerdo del dictador Franco, cuando en sus veraneos donostiarras caminaba bajo palio, protegido por una escolta de curas y gente armada camino de la iglesia de Santa María. La Iglesia protegió y defendió al asesino Franco; la Iglesia colaboró con el Régimen para la denuncia y asesinato de las personas que no tenían por costumbre acudir a sus ritos y defendían otra forma de vida más terrenal y solidaria. Cuando veo a esas familias que acuden con sus hijos e hijas a esos centros de pederastia y mentiras siento pena y frustración, pues compruebo que las conciencias se diluyen ante la magia de la confesión, pues además de cometer delitos y chivatear informando al «siervo de dios» de todo lo posible, con unos rezos más o menos largos, la conciencia sale limpia y todo vuelve a empezar.

La Iglesia roba (las inmatriculaciones...) y se aprovecha de sus súbditos para mejorar su poder, pues desde el poder del miedo consigue un ejército de fieles abducidos e ignorantes que consideran la existencia de un dios, miles de vírgenes, santos de todo tipo y hasta palomas que, a través de la reiteración, elevan a la categoría de superior y milagrero. Nunca un «dios» se ha dignado a charlar con nadie; nunca mujer alguna ha parido sin semen, sea por acción sexual o por inseminación artificial; siempre los santos han sido nombrados en el cuartel donde mandan los poderes fácticos religiosos (ahí está el pufo de Santiago matamoros, el de «cierra España», que jamás pisó Galicia y que tanto suena estos días con sus diversos caminos... Causa desazón tanta ignorancia y tanta abducción, tanta entrega (unos por creencias ciegas y otros por intereses espúreos y situacionales), mientras los problemas reales, los terrenales competen a quienes habitamos nuestras tierras y nada tenemos que ver con esos mensajes insolidarios para quienes no comparten el convento.

La solución está en la educación, en la apostasía para quienes fueron inscritos cuando eran niños, en lograr que el «Estado laico» lo sea de verdad y en no permitir a los «célibes» utilizar sus actuales poderes para el abuso y la violación, para evitar el robo descarado del patrimonio público, pues el alma ni come ni necesita diezmos y si no: «Dios proveerá...». Estas reflexiones son producto de ver a la extrema derecha utilizar la religión como arma de destrucción masiva en estos momentos de involución hacia tiempos pasados, donde la represión, la tortura y el asesinato, han sido moneda corriente con el palio de la Iglesia como escudo protector. La Iglesia siempre se aliará con lo más reaccionario de la sociedad y apoyará los mensajes del poder capitalista para imponer y subsistir, lo cual tiene mucho que ver con las formas de esclavismo que ambas instituciones (Iglesia y Capital) pretenden de las clases trabajadoras y populares. Alguien dirá que existen excepciones y quizás sea cierto, pero de lo que yo conozco, ciertamente, esas excepciones han abandonado las vestiduras y se han incorporado a la lucha terrenal, al mensaje cierto de la vida real, donde la Biblia se ha quedado en lo que siempre ha sido, un gran relato novelado y falso en sus diversas interpretaciones ahistóricas. Andaba dando vueltas a mi cabeza y ello tiene que ver con la edad y los palos (no los palios).

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