Víctor Moreno
Profesor

Resaca identitaria del mundial

Tras el triunfo de la selección, las esencias identitarias del nacionalismo español alcanzaron un clímax jamás conocido. Recibió tales elogios que se comprende por qué el Gobierno no quiere oír ni en pintura que el resto de las comunidades autónomas aspiren a que sus respectivas selecciones jueguen en mundiales.

Experimentar en camiseta propia la gloria de vencer en una competición mundial y ver comparada tu hazaña con la victoria del ejército naval de Felipe II en Lepanto, «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros» (Cervantes), es tal chute de adrenalina en vena que ninguna nación debería privarse de tal conmoción interior, pues, según quienes la han vivido, roza los goznes de lo místico y lo transcendental. Los lazos de unidad tejidos en la sociedad, producto de ese achuchón, son tan fuertes que, incluso, los políticos, si los imitaran, cambiarían sus insultos por abrazos. La comunión espiritual entre políticos y la sociedad sería tan intensa que nadie, ni Vox siquiera, obviaría cuáles son sus responsabilidades de Estado. 

Hacía tiempo que el discurso de la intelectualidad española, incluso de izquierdas, no se acercaban tanto a los discursos del fundador de la Falange con frases que pasarán a la historia: «España ganó siendo España». Lo que significa que cuando «A es A, y solo A» uno reivindica el principio de identidad de la lógica, lo que significa que España es idéntica a sí misma y no otra cosa; que posee una naturaleza fija, definida e inmutable. Y que, para serlo, necesita excluir cualquier mezcla con elementos alienígenas. Porque siendo así mantiene su cualidad racial y esencial, «la españolidad», y sin contradicciones. Bueno, ahí estaría la madre del cordero, pues habría que esforzarse un montón para ver, entonces, ¿cómo encajan en esa pureza inmaculada de la selección los nombres de Unai, Laporte, Cubarsí, Ferrán, Gavi, Lamine, Williams, Oyarzabal, Zubimendi, Olmo, Cucurella, Raya, Pubill, los García y Muñoz? 

En la práctica, la selección española existe gracias a jugadores que solo ellos saben en calidad de qué identidad nacional juegan. Una, doble, triple o ninguna identidad. 

Eso, sí. La Constitución en su artículo 2 lo tiene muy claro: «España se fundamenta en la «indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles». Y, aunque reconoce las autonomías, no permitirá participar a sus selecciones en campeonatos mundiales. ¿Por qué? Dejando de lado la jurisprudencia interesada a tal fin, porque los efectos balsámicos que produce un triunfo de esa categoría son tan intensos a nivel de identidad nacional, que España solamente los quiere para sí de forma exclusiva y excluyente. Sabe que si Cataluña y Euskadi disputaran, como selecciones en campeonatos mundiales, el número de independentistas aumentaría exponencialmente. Y, si no, ahí están Escocia y Gales, con selecciones propias y sometidas a una monarquía, pero respetadas como naciones históricas por la misma FIFA. 

Para que apreciemos mejor lo que supuso este triunfo, hay quien dijo que «España no solo ganó una Copa del Mundo, sino que demostró que una identidad compartida puede convertirse en la forma más hermosa de vencer». España ganó, no por ser mejor, ni meter más goles, «sino por su sentido de la unidad y de la cooperación colectiva». Si dejamos de lado el desprecio, seguro que inconsciente y, por tanto, más grave contra Argentina y el resto de las selecciones, pues todas jugaron unidas, y nos quedamos, digo, con el hecho de obtener el botín de una «identidad compartida», ¿imagináis lo peligroso que sería que la selección vasca o la catalana participaran en dichos eventos deportivos y los ganasen? Se acabó de invocar derechos históricos ininteligibles en la época del algoritmo y de la IA; ni reivindicar el chungur soberanista del trasnochado fuero; ni evocar la hazaña de Amaiur; ni leer a Etchepare, Leizarraga, Axular, Larramendi... Un toque de balón mundialista y, de nuevo, el imposible vencido resurgiría como Ave Fénix con un vigor revitalizado. 

No sé si en el partido entre Argentina y España «se enfrentaron dos modelos socioeconómicos» como dijo un filósofo kantiano, que ya es decir. Un partido en el que según este docto homo sapiens «la victoria de la selección española fue una victoria de la socialdemocracia (o incluso «democristiana») frente al «individualismo ultra-neoliberal a lo Trump». ¡Qué no daríamos por ver a la selección vasca jugar una final mundialista y, por supuesto, ganarla! ¿Caerían nuestros sesudos analistas en similares afirmaciones el día en que Euskadi gane un mundial, debido a una economía basada en un sistema cooperativista productivo frente a un neocapitalismo voraz y anticristiano? Está por ver. 

Como remate, unas reflexiones más o menos surrealistas, pero no tanto como las afirmaciones vertidas en los predios periodísticos españoles, lelos perdidos por el triunfo. 

En principio, me temí lo peor. Deseé una final posible y que la ganara Marruecos a España. E imaginé lo que hubiera sucedido. Una crisis de identidad española que ni la de 1898. España se habría quedado sin el pegamento social de su identidad, de su unidad y de su cohesión. Fatal momento que aprovecharía el PP y Vox, para embarcarnos en una Nueva Cruzada contra la Media Luna, azuzados por orates como el cura Aizpún Bobadilla y Fray Tellado del PP. Muchos habrían entrado en una crisis abisal de fe; no solo en Dios, sino en España. Pues ambos conceptos van en el mismo paquete integrista, y, menos mal, como ya dijo otro «calientafes», que «Dios ha estado de nuevo con España». 

Después, lamenté que Marruecos no ganara. De hacerlo, seguro que su juventud no se habría lanzado sobre Ceuta y ser perseguida como una banda asesina. Estarían aún celebrando el trofeo. Pero, entonces, hubiera sido Mohamed VI el ganador del mundial. Y eso, sí que no lo hubiese digerido. 

Así que, de verdad, deploré que el mundial no lo ganara Cabo Verde. 

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