Julen Rekondo
Presidente de Fundación Clima y Premio Nacional de Medio Ambiente

Sobre las causas de los incendios forestales

El 3 de marzo Joan Vicenç Lillo Colomer publicó en este diario un artículo con el título "Una explosión de la vegetación" de respuesta a otro mío, "Las lluvias de ahora y los incendios del verano", que fue publicado el 18 de febrero.

En su artículo viene a decir que «uno de los errores frecuentes de la administración forestal, ciertas autoridades en la materia y, en general, de los medios de comunicación, ha sido hacer recaer la alarma y la culpa de los incendios sobre la vegetación». Y sigue diciendo que «este punto de vista y de partida antrópico ha propiciado, por ejemplo, durante muchos años acciones encaminadas a 'limpiar el monte' utilizando como herramienta, entre otras, el fuego, frecuentemente incontrolado y devastador».

En realidad, no he dicho nada de eso. Sí que hablo de la prevención, que debe ser una herramienta estratégica, y pongo el ejemplo del municipio navarro de Legarda. Muchas de las acciones preventivas, como decía en mi artículo, es tener un plan de emergencia municipal, pero engrasado; eliminar materiales combustibles en la interfaz urbano-forestal (IUF) de cara a reducir el riesgo de que un incendio forestal afecte a las viviendas; creación de espacios de defensa para evitar la propagación del fuego; incorporación de quemas prescritas como herramienta para prevenir incendios forestales de alta intensidad; incentivar el pastoreo; diseño de paisajes en mosaico agroforestal que combine con zonas de cultivo, etcétera.

Pero esto no tiene nada que ver con «limpiar los montes». Prevención no es desbrozar y arrasar el monte, prevención es evitar que se prenda el fuego.

Si miramos los números, en el Estado español el 80% de los incendios forestales los provocan las personas, queriendo o sin querer. Y, en mayor proporción los provocados. En zonas de la cornisa cantábrica, como Asturias y Cantabria, gran parte de ellos por los ganaderos para generar pastos.

Joan Vicenç Lillo Colomer dice que «el objetivo, el prioritario, se tiene que centrar sobre todo en la causa y los causantes, es decir en quien efectivamente por imprudencia, intencionalidad criminal, accidentalmente o por problemas de salud mental propician la aparición del fuego, que nunca es la vegetación por muy densa y rica que sea, sino el ser humano». En esto estamos totalmente de acuerdo.

Para que haya un incendio tiene que haber una chispa. Dicho esto, su propagación tiene mucho que ver con las condiciones y cosas que se puedan quemar. Las lluvias traen un crecimiento de la vegetación y con altas temperaturas como las que hemos tenido en los últimos años, hacen que los paisajes sean más inflamables, que, unido a las masas forestales continuas existentes, donde el paisaje cada vez cuenta con menos obstáculos para el avance de las llamas, resulta un cóctel perfecto.


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