Iñigo Ulibarri Oses

Un curso sin Osotu...

Vamos camino del final de curso y creo que es momento de reflexionar sobre la vida después de Osotu. Quizás el lector no sepa de qué estoy hablando, y debo recordar que el proyecto educativo Osotu funcionó como colegio autorizado en el municipio de Güeñes durante 6 cursos hasta su cierre en septiembre de 2025 a pocos días del comienzo del presente curso académico 25/26. Quiero resaltar lo de autorizado, y añado también subvencionado por el Departamento de Educación, porque aún sigue habiendo personas que consideraban a Osotu un colegio ilegal. Lo cierto es que en estos años se demostró que la Educación centrada en las competencias y en el individuo es posible y que la Transformación Educativa puede ser realidad y no un mero anuncio publicitario.

Durante este verano, mientras las familias se jugaban la salud en una huelga de hambre para defender el modelo y el centro que querían para sus hijos e hijas, escribí en este medio que «perder Osotu era perder una oportunidad de contar con un referente y modelo para otros colegios en nuestro Ecosistema Educativo Vasco». Trabajadores, familias, dirección y política trabajaron siguiendo sus convicciones y se llegaron a ofrecer soluciones en forma de una «integración dentro de una nueva Ley de Centros Singulares». Pero, las desconfianzas condujeron a la decisión del cierre un 3 de septiembre, una decisión que produjo el mayor dolor en la mayor cantidad de personas que he vivido en mi vida. Dolor en todos y todas, pero especialmente en las familias y en el alumnado.

En cosa de días el curso académico comenzó y cada cual tuvo que buscar una matrícula de circunstancias en otros centros. Como profesor de Osotu y como tutor he estado en contacto con diferentes familias desde entonces y me consta que pocos han dado con el centro en el que se cubran sus necesidades, más bien han sido «la opción menos mala». Sé de personas que han trasladado su residencia a otras comunidades y de muchas en las que la adaptación a un sistema tradicional (porque, a pesar de todo, la Educación en este País no ha cambiado mucho desde hace décadas) no está siendo bueno. Cuando digo que no está siendo bueno, entienda el lector que no solamente me refiero a resultados académicos (que hay de todo e incluso brillantes), sino a la desmotivación de entrar de nuevo en un sistema en el que la implicación de los referentes es distinta, los resultados se basan en calificaciones de exámenes y no en evaluaciones de competencias, las rúbricas ni se conocen, las coordinaciones o las formaciones del profesorado son mínimas y el libro es la única herramienta de trabajo. La desmotivación, el pensamiento de «el colegio es una cárcel para niños», la pregunta de «¿esto entra en el examen?», la mejor asignatura «es el patio» y la falta de profesionales que sepan adaptar contenidos ante necesidades particulares, son frecuentes. La ilusión y ganas por saber y la sensación de sentirse en casa y atendidos se va diluyendo, los lloros por no querer ir al cole, los traumas por la pérdida y la resignación final ha pasado a ser el día a día. Hay familias que se han agrupado y tratan de conservar las ganas de educar con otro sentido, hay profesorado que ha encontrado una nueva misión en otro centro y trata de hacer lo que puede para generar una «isla Osotu» rodeado de las maneras de siempre, hay personas que tratamos de ayudar académicamente a algunos alumnos en su transición... Pero constato que Osotu estaba a «años luz de distancia» y que no es posible hacer Osotu de nuevo, porque Osotu era un Sistema pensado, desde cero y sin «inercias y resistencias de las de siempre», para transformar. Un lugar en el que el aprendizaje era el desaprendizaje como única forma de conocer en profundidad la trascendencia de La Educación y ponerla en marcha olvidando su particular ego y centrarse en lo que era importante: el Alumnado como Propósito.


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