Julio Urdin Elizaga
Escritor

Un «divino» estar-no-estando

En cuanto al misterioso futuro con el que pensamos contar algún día, aunque individualmente tal vez sea ya demasiado tarde para participar del mismo en su aspiración, viene a plasmarse en la única forma de experienciación del mismo consistente en esa especie de modalidad del «presente eterno» que se da en toda objetiva actualización.

Lo virtual es un «estar-no-estando» que tiene un efecto innegable sobre la realidad, cuyo origen etimológico se encuentra en el vocablo virtus (equivalente al areté griego, al decir de la obra consultada), con significado de posesión de una «fuerza o capacidad peculiar de algún ente» orientada en el caso que nos trae hacia una presunta sociedad del conocimiento en permanente construcción. Ahora bien, continuando con esta lógica cabría matizar, como lo hace el filósofo Daniel Innerarity en su última y recién publicada obra, "La sociedad del desconocimiento", el que apenas hayamos recalado sobre la evidencia de la «unidad de conocimiento y desconocimiento que nos caracteriza». Menos aún, tomado conciencia. Considera, asimismo, que es típico de este constructivo estadio el que dada «la dimensión de los problemas a los que tenemos que enfrentarnos nos [convierta] a todos en ignorantes [pues] como siempre, el avance del conocimiento nos hace, a la vez, más sabios y más ignorantes» (Es gratificante leer a este filósofo cuya clarividencia de ideas se encuentra, si cabe aún más, corroborada y fortalecida por la amabilidad de un lenguaje escrito accesible e impecablemente ordenado). Sin embargo, ello no es óbice para el que nos podamos plantear la cuestión tal vez un tanto trasnochada de una cierta confusión entre dos, o más, concepciones del saber: la que tienen que ver con el origen del hecho mismo de pensar, independientemente de los medios con que se cuente; y/o el derivado de las dinámicas generadas por el fruto de esa capacidad obrando en un proceso acumulativo supeditado a los propios medios, materiales e inmateriales, así como del poder de uso y consumo con los que se da o potencialmente haya de presentarse.

Pierre Lévy, por su parte, considera fundamental para el entendimiento de lo que nos acontece en su virtualidad, entre otras hipótesis, la posibilidad de este poder conocer contando «la historia de la humanidad, empezando por su nacimiento, como una sucesión de apariciones de objetos, cada uno de ellos indisociable de una forma particular de dinámica social. Se vería entonces –argumenta– que todo nuevo tipo de objeto induce un estilo particular de inteligencia colectiva y que todo cambio social consecuente implica una invención de objetos». En este sentido, todo el ensayo de Pierre Lévy, muestra una desaforada ambición por conciliar ambos extremos: los del pensamiento individual y grupal o comunitario en su tradición incorporados y hasta superados por aquella superestructura de nueva creación que da en denominar como Inteligencia Colectiva. La que fundamentalmente nos identifica con este Tercer Entorno del que hiciera gala de conocimiento en su día otro de nuestros ensayistas más reputados, Javier Echeverría, habiendo estado precedido por los entornos natural, primero, y cultural (urbano y de la ciudad) más tarde.

Para salirnos un tanto de ese campo especulativo, terreno común abonado del ámbito de una gestión de la cotidianidad en torno a materias de la logística geopolítica interna y externa (economía-mundo, estado-nación y localidad en Taylor & Flint), Lévy nos relata una historia que tiene en común con el pensamiento de Marion (y de algún modo biográfico también con el de significado de) una vocación compartida por el mundo de las artes. Se trata del análisis, desde las regiones de sus correspondientes saberes, de esa figura catalítica, transformadora, en que consiste la escultura arcaica de los kouroi y korai griegos. Lo hace a través de su puesta en relación con los cuatro saberes que responden a las cuatro causas en Aristóteles de una realización estatuaria: el material (el mármol), la formal (la capacidad interpretativa del escultor sobre su configuración a partir de la identidad de la materia a trabajar), la de la eficiencia (habilidad para desarrollar las potencialidades anteriores por parte del escultor) y la de su finalidad (el uso que se vaya a hacer de la misma, su función y culto). Por cierto, que comentando sobre divisiones cuatripartitas Raymond Bayer denuncia la influencia que en su día tuviera el pitagorismo en el platonismo, muy parecida al estado actual de las cosas referidas a la virtualización digital, con una división donde confluyen «el formalismo, el número y la medida, las figuras y la perfección geométrica; por la teoría del alma-armonía que, en Platón, adopta la forma moral de un temperamento y una mesura de las virtudes; por la teoría de las Ideas y del esplendor de los modelos; y, finalmente, por la participación e imitación de los números por parte de las cosas».

Marion, por su parte, señala que: «El ídolo, como tal kouros arcaico, no pretende evidentemente reproducir un dios, puesto que ofrece de él el único original materialmente visible. En la piedra que sirve de material, se consigna más bien lo que una mirada –la del artista como hombre religioso, penetrado por el dios– ha visto del dios; el primer visible ha sabido deslumbrar su mirada y eso es precisamente lo que el obrero intenta producir en el material; quiere fijar en la piedra y solidificar un último visible que sea digno del punto en el que la mirada se paralizó».

La visibilidad de un invisible plasmado en una materia, bien sea tangible o intangible, con una demostrada eficacia en su realización que plasme un ideal con finalidad dada, es la divina aspiración hacia la que se orienta todo el esfuerzo de la virtualización analógica y digital. Lo importante al parecer consiste en encontrar el modo por el cual mediatizamos la manera en que apreciamos, vemos, una realidad del porvenir que cuando llegue lo más probable lo haga de forma devaluada, diferenciada o alejada. Este proceso siempre ha formado parte de una previsión fuera del control con el que determinados agentes administran un evolutivo poder. Ser actores protagonistas del mismo es la no tan oculta ambición de quienes se muestran partidarios de su consecución. Una «divina» comedia con tintes dantescos en cuanto a la gestión del papel a desempeñar por lo que el filósofo Innerarity considera ser la ineludible «incertidumbre». La necesaria incorporación de la imagen de un vacío que no requiere rellenarse, puesto que en su complementaria incompletitud radica la propia identidad de lo que fuimos, somos y seremos.

En cierto modo, nada de lo que sabemos, por tanto, del pasado tiene el aval de la realidad que fuera; entender el presente plantea sin embargo una toma de posición en la que aquél parece vindique un papel si no determinante al menos condicionante; y en cuanto al misterioso futuro con el que pensamos contar algún día, aunque individualmente tal vez sea ya demasiado tarde para participar del mismo en su aspiración, viene a plasmarse en la única forma de experienciación del mismo consistente en esa especie de modalidad del «presente eterno» que se da en toda objetiva actualización. Un divino estar-no-estando en ninguna y en todas sus temporalidades, porque si somos pasado es que ya no somos, y ante la imposibilidad de un presente que al momento es pasado nos empeñamos en la creación de un futuro como el próximo presente en el que poder estar. La vacua existencia de un ser de vacíos.

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