Profesora de la UPNA
Una lucha a coletazos

Todos nos preocupamos e incluso nos manifestamos, hasta que, de repente, la «viralidad» se vuelve rutinaria.

12/08/2018

La sociobiología comprobó hace mucho tiempo la capacidad solidaria que tienen algunos animales, sobre todo los insectos, una capacidad que les viene ya dada en los genes y que, aparentemente, a los humanos se nos trasmite de la misma manera.

Pero seguro que el optimista Edward O. Wilson no contó con que, así como los animales se guían por su instinto y siguen unas pautas que la naturaleza marca, los humanos hemos logrado envilecerlas y trastocar el sentido grupal en un individualismo sin límites. ¿Nos diferencia nuestro raciocinio? ¿Y qué podemos hacer con él cuando nos resulta más fácil pegar el mentón al pecho que unirnos en el instinto solidario de los animales?

Con nuestro silencio estamos legitimando una sociedad corrupta y putrefacta, a la que los helmintos (así se llama a los gusanos intestinales) llevan engullendo mucho tiempo. Hemos aceptado la destrucción de lo que se había ganado con sacrificio, incluso con la vida, y nos parece lícito aceptar las migajas que nos llegan, porque es más fácil susurrar o callar. Y no hablo de la gente que tiene todo por perder, hablo de nuestra juventud envejecida, una vejez de trapo y de miedo. No pretendo ser pesimista ni generalizar, porque quizás yo misma no sea capaz de ir más allá de estas simples líneas escritas. Pero es que desde hace unos años existe un fenómeno que está absorbiendo el tiempo y la verdadera capacidad humana para transformar la sociedad y el entorno.

Las denominadas «redes sociales» –más allá de su utilidad positiva, que también la tienen– son un espejismo que sólo nos enseña lo que quiere que veamos y que sirve como buzón de quejas y denuncias que luego se quedan ahí, «en la nube». Las redes sociales han llegado incluso a desbancar de su posición privilegiada a eso que a veces llamamos «la caja tonta». Por ellas se escurre tal ingente cantidad de información que es necesario filtrarla según nuestros gustos e intereses, hasta que llega una de esas imágenes o vídeos «virales» y entonces todos nos ponemos alerta: la imagen de un niño sirio muerto en una playa de Turquía, el rostro de un inmigrante «africano» –parece no importar de qué región de los 30,37 millones de km2 que tiene África de superficie proviene– rescatado por algún grupo de salvamento marítimo, o la imagen de la adolescente Ahed Tamimi enfrentándose a un soldado israelí. Durante un breve pero intenso período de tiempo todos hablamos de ello, en cualquier debate se hace alusión a alguna de esas noticias virales, todos nos preocupamos e incluso nos manifestamos, hasta que, de repente, la «viralidad» se vuelve rutinaria, habitual, nos acostumbramos, convivimos con ella y pasamos a otra cosa.

Nos han acostumbrado a que, así como hay estilos y prendas de ropa de moda, también haya noticias de moda que al tiempo pasan a formar parte del murmullo que vemos y escuchamos a diario en las redes y en la televisión. Tal vez esté siendo demasiado injusta con la contemporaneidad, quizás este sea un fenómeno viejo como la Tierra misma, pero me corresponde hablar desde y por el momento histórico en el que me ha tocado vivir. Marx dijo: «la peor lucha es la que no se hace». O la que se hace a medias, a coletazos, añadiría yo.

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