Jexux Larrañaga Arriola
Gizarte antropologoa

Una mutación antropológica

El cineasta y escritor italiano Pier Paolo Pasolini utilizó el término mutación antropológica para describir la radical transformación en la forma humana de ser, pensar, sentir y vivir. Creo que la visión del mundo actual acentúa la importancia de esta mutación, ya que vivimos al borde de una ruptura antropológica que viene a señalar la crisis de nuestro modelo civilizatorio. 

La administración del mundo virtual resulta preocupante, y las repercusiones del desarrollo tecnológico y la inteligencia artificial, lejos de ser inocuas, impactan gravemente en nuestra forma de ser. La subjetividad digital proliferante no es más que el resultado de una manera de economizar y capitalizar el mundo. Los comportamientos que hemos interiorizado y encarnado a través de todo tipo de dispositivos tecnológicos nos muestran su gran impacto social y personal, la transformación de lo humano, está ligada a la brutal aceleración del neoliberalismo más extremo. 

Así como inicialmente el nivel de vida asociado al auge del consumismo provocó una ruptura de identidad, hoy las gigantescas redes del mundo digital-cibernético han traído consigo una nueva forma de gobernar nuestras vidas: El capitalismo de plataformas (N. Srnicek) o el tecnofeudalismo (Y. Varoufakis), en manos de los poderosos, determinan nuestras vidas. La «administración robotizada de nuestra existencia» tal como lo formula E. Sadin, se ha convertido en una realidad que se expande día a día. 

El actual mundo digital-cibernético ha traído consigo la asistencia hiperindividualizada a través de todo tipo de dispositivos, la guía forzada de sistemas robóticos altamente complejos, la rigidez de los sistemas computacionales bajo el inquietante desarrollo de la inteligencia artificial. Además, los chatbots con todo tipo de respuestas han captado nuestra atención, y la amplia gama de plataformas de aplicaciones extiende todo tipo de estrategias algorítmicas que nos mantendrán pegados a la pantalla durante más tiempo, hasta que nos volvamos dañinos y dependientes. 

Vivimos en una era que ha ahogado y disuelto al sujeto heredado de la tradición del humanismo. Una era que ha trastocado las condiciones humanas para resignificar una vida digna. Silenciosamente, persistentemente, firmemente, la era cibernética y digital está redefiniendo una nueva subjetividad del comportamiento humano: se trata del sujeto digitalizado en la era de la cúspide neoliberal. Esta configuración subjetiva se encuentra en el centro de la mutación a la que nos referimos, y aunque se manifiesta a diferentes escalas, nos afecta a todos. 

Un dato: Según un estudio publicado por la Organización Mundial de la Salud en junio de 2025, uno de cada seis habitantes del planeta sufre de soledad: «Este doloroso sentimiento surge de la brecha entre los vínculos sociales deseados y los reales». Alrededor del 20% de las personas de entre 13 y 29 años la experimentan. 

La soledad de tantas personas se muestra como una consecuencia. De hecho, nuestra era promueve la autonomía individual y la glorificación del yo, pero al mismo tiempo, dificulta sorprendentemente la conexión con los demás. Paradójicamente, se ofrecen diversas alternativas tecnológicas para aliviar estos sufrimientos, pero, lamentablemente, no son más que espejos narcisistas que nos fascinan. El culto hacia las pantallas, por mucho que sean fascinantes y eufóricas, también fomenta la ansiedad, la impotencia y el aislamiento. 

Es sabido que los dispositivos que utilizamos facilitan interacciones que nunca antes habíamos imaginado, y esto es sumamente beneficioso para todos, pero esta realidad conlleva una enorme y asfixiante paradoja: estos dispositivos tecnológicos también son máquinas de aislamiento. 

Aun así, lo verdaderamente preocupante es que, gracias a nuestra simbiosis con estas herramientas, pretendemos eliminar la presencia física de los demás, lo admitamos o no así ocurre. Este es el problema central de la actual subjetividad digital del neoliberalismo más extremo: lo que verdaderamente molesta es la presencia del otro. Mientras tanto, la inquietante duplicación del mundo virtual se nos presenta como opción deseante y paliativa a la vez. El hecho es que hoy, la realidad y el mundo pierden solidez, su descomposición antropológica no hace sino acentuarse. 

La pregunta que nos podemos formular se hace crucial: ¿es realmente deseable dejar de lado a los demás? Si el actual modelo civilizatorio está al borde del colapso, ¿nos dirigimos hacia otro universo tecnologizado aún peor? ¿Hacia un mundo con mayor desvalimiento, malestar y precarización sociales? Si se acepta la ficción de no necesitar a nadie más apelando a la suficiencia de la mediación tecnológica, la coexistencia con los demás es el verdadero problema.

 

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