Ciudadano navarro
Unas imágenes muy repetidas

Francia nunca ha colaborado con España en defensa de la «liberté, égalité y fraternité». Sus intereses suelen ser bastante más bastardos y crematística.

06/10/2018

El día 1 de octubre, la Moncloa se vistió de gala. No era para menos. Tras largos años de lucha implacable, la democracia española había triunfado: ETA, había sido derrotada. La reiterada manía de los invasores de arrasar estas tierras y deleitarse proclamando solemnemente que los intratables vascones han sido doblegados ¿Otra vez? Romanos, godos, árabes, castellanos viejos, castellanos nuevos… Solo los historiadores –que se dedican a estos menesteres– llevarán cuenta de las muchas veces que hemos tenido que escuchar esta misma monserga.

En el acto estuvo presente una significativa representación francesa: el primer ministro de un Estado que ha colaborado en la causa con los diversos gobiernos españoles y la jueza Le Vert; belicosa de toga en ristre, que se ha hecho vieja persiguiendo a los vascones. Tampoco esto es nuevo. Si los españoles se ven desbordados por los acontecimientos, acostumbran a solicitar la ayuda gala para que les saquen las castañas del fuego. Cuando Fernando VII quería –y no podía– taponar los vientos renovadores que se filtraban por la península, reclamó la colaboración de los gabachos. Y un ejército prestado –los «Cien Mil hijos de San Luis» los llamaron– invadió está tierras para alivio del monarca absolutista. A comienzos del siglo XX, los rifeños se alzaron en armas contra España; guerra desastrosa que arruinaba los presupuestos y la moral de los españoles. Solo la colaboración francesa hizo posible derrotar a Abd el Krim y reducirlo en la batalla de Alhucemas. De la eficaz colaboración francesa en la lucha contra ETA, no hace falta recordar los muchos datos que guardamos en la memoria. Para concluir este párrafo, una precisión también conocida: Francia nunca ha colaborado con España en defensa de la liberté, égalité y fraternité. Sus intereses suelen ser bastante más bastardos y crematísticos.

El 1 de octubre, en la primera silla de la primera fila, estaba sentado Urkullu. También esta imagen, lamentablemente, viene de antiguo: uno más de los muchos vascones que se han arrimado a los conquistadores para rebañar algo de su plato. Lo cual, no le garantiza que le toque la ración de guisado que esperaba. El conde de Lerín encabezaba el ejército castellano cuando cruzaba Sakana para conquistar Navarra. El beaumontés creyó que su colaboración merecía una jugosa recompensa. Años más tarde, el referido Conde se enemistó con la Corte castellana pues consideraba que ésta no había pagado merecidamente su tarea. En nuestro caso –y mientras el lehendakari preparaba la bolsa para ir a Madrid– era su compañero Ortuzar quien ponía en grito en el cielo. A los abnegados jelkides se les agota la pacien­cia pues la metrópoli española, tampoco está demostrando con ellos la magnanimidad que, a su entender, se merecen.

Urkullu se fue a la Corte con danzantes y dulzaineros. La leyenda que aparecía en el frontis de la pared también hablaba euskera y la concurrencia se puso en pie durante la interpretación del aurresku. Aquel gesto de aparente respeto, nada tiene que ver con la ilusoria y socorrida bilateralidad. España tiene la sartén del mango y le gusta chancearse de nosotros; solo palmotea las espaldas a quienes siguen al pie de la letra las directrices que ella marca. Otra imagen, esa si diluida en el trasfondo del escenario monclovita, tampoco es nueva: la de incontables personas que sentimos aquel día una mezcla confusa de indignación, dolor y rabia. Sería imposible recopilar los ultrajes de todo tipo que nos ha infringido el Estado español; muchos, muchísimos de ellos, atribuibles a quien presidian el acto a la vera del lehendakari.

Supongo que el epílogo de esta pantomima será parecido al de las anteriores. Los cronistas de la Corte levantarán acta de la nueva victoria conseguida. Nosotros añadiremos algún renglón más en el capítulo de nuestra historia titulado "Los condes de Lerín". Y sobre todo, seguiremos nuestra marcha. Sin dar demasiada importancia al último esperpento, continuaremos avanzando hacia las muchas metas que nos hemos marcado y que todavía tenemos pendientes.

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