Ex secretario de Estado del Ministerio de Finanzas alemán
Unión Europea: dejemos a las naciones quebrar

Déjenme ser meridianamente claro: ningún país de la eurozona debería volver a cancelar o hacer ninguna estupidez similar con su deuda pública que dé la impresión de que ese país no tiene su propia moneda.

11/08/2018

En un artículo a solicitud de “Frankfurter Allgemeine Zeitung” (FAZ), catorce economistas franceses y alemanes valoraban una serie de propuestas para profundizar en la reforma de la Unión Monetaria Europea (decisión tomada unas semanas antes en Meseberg, en la cumbre Franco-alemana). Saludan con entusiasmo el acuerdo de Meseberg pero aun así piden más reformas en el artículo publicado por FAZ y firmado entre otros por Marcel Fratzscher y Clemen Fuest. Estos economistas recomiendan que se rompan ciertos tabúes para fortalecer a la eurozona. En concreto: «que se permita una quiebra ordenada de los Estados y de los acreedores privados –sin automatismos–».
Es simplemente maniática la extrema fijación actual con rebajar la deuda de los Estados. Muestra que o se dejan llevar por ideologías radicales o, peor, que son gente que se consideran expertos pero que en realidad no tienen ni idea de lo que están hablando. Eso sin tener en cuenta lo que harían si sus recomendaciones fuesen aceptadas.

Estos economistas puntualizan sus peticiones como sigue: «tres elementos esenciales son necesarios para elaborar un programa de reformas significativo. Primero, los políticos deben completar la unión bancaria y terminar con el círculo vicioso entre bancos y gobiernos nacionales. Para ello, deben romper con otro importante tabú, conocido como la limitación a la concentración de bonos públicos en los balances de los bancos. Esto puede llevarse a cabo introduciendo mayores requerimientos de capital en los casos de alta concentración de bonos públicos».

El «círculo viciosos entre bancos y gobiernos» significa al parecer que los bancos están dispuestos a financiar deuda pública ya que creen que está completamente libre de riesgo. Y en esta afirmación, conviene subrayarlo, los bancos tienen toda la razón. No es ninguna coincidencia que los bonos públicos hayan estado durante largo tiempo exentos de requerimientos de capital porque todo el mundo sabe que los bonos de un Estado nunca caerán, siempre y cuando controle su propia moneda. Este saber del mercado y de su regulación, acumulado durante décadas, se está ahora perdiendo, tal y como demuestra la cita anterior.

En el pasado, sin duda, ha habido quiebras de deuda pública denominada en moneda extranjera, lo que conllevaba pérdidas para los bancos y demás inversores. Argentina es el clásico ejemplo más reciente. Ha habido muchas crisis monetarias que han acabado con una devaluación de la moneda nacional y por ende con pérdida para los que invirtieron en esa moneda, incluyendo bonos públicos. Pero esto son los riesgos que aceptan los inversores que compran los bonos públicos denominados en moneda extranjera. Estos riesgos pueden traer mayores tipos de interés (que se refleja en un mayor rendimiento de la inversión), pero es un premium por el riesgo de impago. Hemos visto repetidamente rápidos incrementos en los tipos de interés de los bonos públicos cuando los inversores retiran su inversión de un determinado país (la famosa «parada repentina») ya que esperan una devaluación de la moneda en la que los bonos habían sido emitidos.

Sin embargo, si un banco opera principalmente en una zona monetaria determinada y tiene bonos públicos de esa zona monetaria, no corre ningún riesgo. En este caso los bonos públicos no tienen ningún riesgo porque el Estado siempre tiene la soberanía sobre el sistema monetario y puede garantizar que sus bonos serán pagados con nuevas emisiones de dinero. Por ello la concentración de bonos públicos nominados en la moneda propia de los bancos no conlleva ningún riesgo y está totalmente justificada.

Esto es particularmente evidente en cualquier zona monetaria económicamente fuerte y grande, ya que no se considera un riesgo la devaluación de su moneda, ni siquiera para los bancos que operan internacionalmente. ¿Alguien creería que el Tesoro de los EEUU puede ser insolvente a consecuencia de un dólar devaluado? Solo si quisiera hacer el ridículo.

Aunque todos los países en la zona euro tienen la misma moneda, el caso parece ser distinto para Europa. Siguiendo las ideas de estos economistas, a ningún país se le permitiría tener su propia moneda. Todos se comportarían como si funcionasen con una moneda extranjera. Sería como si el sistema monetario se desnacionalizase en la zona euro. Los países tendrían que funcionar como empresas supervisadas por una enorme burocracia llamada Banco Central Europeo (o Fondo Monetario Europeo), que se cercioraría de que la democracia está permanentemente vetada, ya que todos estarían sujetos para siempre a la condicionalidad de medidas de ajuste neoliberal, sin importar lo que eligiesen en sus elecciones democráticas.

Dadas las extrañas ideas de estos economistas, tenemos que preguntar a todos los países miembros de la zona euro si realmente querrían entrar en un sistema en el que tuviesen que renunciar no solo a su propia moneda sino también a tener una moneda propia pero común. Puesto que todos los países contestarían que con la entrada a la Unión Monetaria Europea lo único que querían era sustituir su propia moneda por «su» moneda europea, deberíamos concluir que su decisión ocurrió en un estado de «error objetivo» o error de hecho, como lo llaman los abogados. La firma de los tratados europeos sería inválida desde el comienzo.

Muchos objetarán que Grecia era un caso en el que el Estado estaba ya en bancarrota cuando tenía su propia moneda. Eso es cierto. Pero solo es cierto porque, incluso entonces, aquellos responsables en Europa, y especialmente en Berlín, no se enteraron de lo que significaba una fusión de gobiernos nacionales bajo una misma moneda. En ese caso, la ideología se impuso a la razón (incluso en amplios sectores de la izquierda, que no tenían nada mejor que hacer que apoyar una bancarrota nacional).

Tras el desastre de Grecia, el Banco Central Europeo al menos pareció entender lo que el banco central de una zona monetaria debe hacer (incluso aunque ahora haya habido de nuevo bastante confusión con el caso de Italia).

Déjenme ser meridianamente claro: ningún país de la eurozona debería volver a cancelar o hacer ninguna estupidez similar con su deuda pública que dé la impresión de que ese país no tiene su propia moneda. El Banco Central Europeo debe eliminar las diferencias entre los tipos de interés de los bonos públicos de los diferentes países tan pronto como aparezcan. Sin embargo, los críticos en Alemania dirán que esto solo es posible si todos acatan siempre las normas. Eso es verdad, pero solo concierne a las normas más delicadas. Y en primer lugar, concierne a Alemania que es responsable –más que nadie y aunque se niega a hablar de ello– de las mayores violaciones de las normas.

© Sin Permiso
Traducción: Ayoze Alfageme

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