Víctor Moreno
Profesor

Y a escribir, ¿cuándo toca?

Tras la debacle en los resultados de PISA, una evidencia que no se ha expuesto es que, si el alumnado no es competente como lector, hay una amenaza muy seria para el negocio de los libros. A fin de cuentas, un lector competente, si lo es, no tendrá problemas para leer cuando quiera, Pero, si no lo es, a ver quién va a leer a Baroja, Borges o Perec si no hay fuerza mayor que le obligue a hacerlo. Y en esas estamos. A fin de cuentas, para PISA las escuelas e institutos no son responsables de hacer lectores, ni de hacer matemáticos, ni físicos cuánticos. Sí de hacer lectores competentes, capaces de comprender, interpretar y valorar cualquier texto. Puede parecer lo mismo, pero no lo es. Ser competente es condición «sine qua non». Leer es un acto libre, seas competente o no.

Los gobiernos siguen manteniendo que el déficit del sistema educativo es la lectura, pero en las escuelas, bien o mal, mucho o poco, se lee. Según PISA, se hace fatal. Pero lo que no se hace, ni bien ni mal, es escribir. ¿Es la escritura el verdadero déficit del sistema? Es una evidencia. A PISA, sin embargo, le preocupa la competencia lectora, pero no la competencia escrita. Debe de pensar que leer lleva sin más a escribir. No lo hace. 

Lo que sí sucede es que hacer escritores competentes sí hace lectores competentes. Quien escribe, lee. Siempre. 

Decía el lingüista Frank Smith que «el escritor crea al lector». Los entresijos de un texto complejo (intenciones, implícitos, la ironía, la adjetivación selectiva) se captan mejor si uno se ha visto en la situación de escribirlo. Cuando un alumno aprende a redactar un texto argumentativo, su cerebro interioriza cómo se defiende una tesis y se manipula su esquema formal. Cuando, después, se enfrenta a un texto ajeno (en una prueba de lectura), su mente lo desarbola con naturalidad, porque reconoce los andamios lógicos que él mismo ha tejido escribiéndolo. Por eso, entiendo que el déficit real no es de lectura, sino de producción. 

Mi tesis es que la escritura es la percha cognitiva capaz de salvar la competencia lectora del alumnado. Si un estudiante no procesa los mecanismos de la escritura, causas y efectos, intencionalidad, planteamiento y desarrollo estilístico, porque nunca ha escrito un texto, poco o nada habrá que esperar del resultado: será un lector que se dormirá por aburrimiento antes de leer la segunda frase del texto. 

La estrategia para devolver al alumnado su competencia lectora perdida no pasa por saturar su aprendizaje con más fichas de lectura, sino otorgando a la escritura el estatus cognitivo y pragmático que tiene. No es suficiente con leer para saber escribir. Menos aún cuando la lectura no se hace con ese fin. Escribir de modo planificado, despaciosamente, mimando la sintaxis, dominando la deixis, ordenando párrafos, seleccionando las palabras, siguiendo criterios de coherencia y cohesión, debatir argumentos, ideas, esquemas formales, es el mejor aprendizaje para conseguir una lectura competente digna de dómine Pisa. 

La relación segura es hacer escritores competentes para hacer lectores competentes, no al revés. Se lee con los ojos de quien escribe. Quien ha «sufrido» para encadenar dos ideas con elegancia o una frase digna de Flaubert, o que haya tenido que elegir entre un adjetivo u otro para no traicionar su pensamiento, o quien ha jugado retorcer al estilo oulipiano la sintaxis para buscar un efecto en el destinatario, ya no puede leer igual. Y PISA seguro que no vuelve a pisarle las cisuras. 

Cuando ese alumno que escribe abre un libro, no ve solo un bloque inerte de letras; ve gramática en funcionamiento, adjetivos colocados de un modo preciso; en fin, ve las costuras de cada texto, lo que significa que ya no es solo un lector made in Pisa, sino un lector escritor, que comienza a entender lo que significa escribir desde dentro. Y, al hacerlo, reconocerá sin mucha dificultad en los otros textos lo que ya conoce. 

A lo largo de nuestra vida profesional nos hemos empeñado en evaluar la lectura mediante un repertorio de preguntas abiertas o cerradas, intentando que el alumnado aprenda a pescar sin pisar nunca el río. Hemos enseñado qué es un adjetivo, una metáfora, una subordinada, pero no a hacer cosas con ellos, como pedía Austin. 

Pretender que alguien comprenda la arquitectura de un texto complejo a base de consumir solo lectura y preguntas «ad hoc», es como intentar que alguien entienda la música de Bach limitándose a escuchar Spotify sin haber tocado un solo acorde en su vida. Podrá reconocer si le gusta o no, pero, ¿sabrá cómo se construye la tensión armónica? 

El verdadero motor de la competencia lectora es la escritura, entendida como un proceso de asimilación y expresión de un andamiaje cognitivo y emocional preciso. Al escribir, el alumnado internaliza las estructuras sintácticas, el ritmo, la importancia de cada palabra usada, los silencios del texto, las indirectas... Cuando, luego, se enfrente a un texto ajeno, su cerebro ya conoce el camino, porque lo ha transitado con sus propias manos. 

Las estadísticas de PISA no se mejoran comprando tabletas ni metiendo más horas de lectura obligatoria al estilo de los asiáticos, sino devolviendo la tinta, el papel y el tiempo de escritura al aula. No se trata de formar consumidores eficientes de textos, sino constructores de sentido. 

Un lector al que no se le ha enseñado a construir el lenguaje desde dentro es un lector frágil, que abandonará los libros ante el estímulo digital, no porque le exijan más atención y esfuerzo, sino porque no es un lector competente, y no lo es por no haber escrito en su vida una línea. 

Hacer lectores críticos, creativos y perpetuos cuesta dinero. También, un cambio epistemológico radical de lo que significa escribir y leer por parte del profesorado. Y, si queremos que leer y escribir sean vasos comunicantes, hagamos que lo sean. Si no, seguirán sin conocerse, aunque vivan bajo el mismo techo. 

En fin, ¿a la lectura por la escritura? Así es, si así os parece.

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