José Ignacio Camiruaga Mieza

Yo soy la ley y la dicto

Todo parece muy complicado, o tal vez no tanto, en esta nueva era de oscuridad e ilegalidad, en la que el presidente Donald Trump anuncia a bombo y platillo que el dominio de Estados Unidos de América en el hemisferio occidental ya no se pondrá en tela de juicio.

«Somos dominantes», afirma como si estuviera hablando de la final de la Super Bowl. Las democracias liberales del siglo XX ya no existen. Eso es lo que nos dice el golpe de Estado en Venezuela. La diplomacia se hace a un lado. Es la hora del sheriff.

Nicolás Maduro, que ha asfixiado a su país durante trece años, valiéndose del ejército y de una propaganda orwelliana. Destruyendo la economía y los derechos. Aterrorizando a sus oponentes, explotando el narcotráfico, tolerando y alimentando la corrupción, desmoronando el producto interior bruto, manipulando las elecciones, aplastando a las minorías, empujando a la huida a ocho de sus treinta millones de compatriotas.

Un hombre peligroso, inestable, grosero, codicioso, incapaz de gestionar los fabulosos yacimientos de petróleo (el 18% de las reservas mundiales), en una nación rica en oro, coltán y tierras raras, y, sin embargo, reducida al hambre. No es del todo fácil llorar por su detención y la de su esposa.

Dicho esto, ¿qué derecho tiene el presidente de los Estados Unidos de América a perseguirlo hasta su dormitorio, a secuestrarlo hasta Nueva York, a determinar el cambio de régimen y a asumir, de hecho, el control de Venezuela?

Ninguno, por supuesto.

Simplemente, a Donald Trump no le interesa el derecho. La ley es él. Gran parte del planeta lo aplaude. Lo único que importa es la fuerza. La capacidad de ejercerla, en desprecio de cualquier ley internacional, que ahora es papel mojado para los nostálgicos ingenuos de un equilibrio global que ya no existe.

Dicen que todo estaba ya escrito en el documento sobre seguridad nacional. Washington reivindica su esfera de influencia sobre todo el continente americano, Norte, Centro y Sur, desde Canadá hasta Chile, pasando, con un gran desvío, por Groenlandia. Y si se preguntan qué diferencia hay con el presidente ruso, Vladimir Putin, que exige el vasallaje de Ucrania, con el chino, Xi Jinping, dispuesto a imponer una nueva obligación de lealtad a Taiwán, y con el israelí, Bibi Netanyahu, decidido a martirizar Gaza para siempre, la respuesta es similar: casi ninguna.

Nicolás Maduro, acusado de terrorismo y tráfico internacional de drogas, se enfrenta a la pena de muerte en Estados Unidos de América. O, si le va bien, a treinta años de cárcel. Eufórico, en pleno delirio de omnipotencia, con la misma felicidad de un niño pocos años (pero con la bomba atómica y el ejército más fuerte de la Tierra), Donald Trump comenta con orgullo el ataque contra el presidente venezolano.

La violencia lo embriaga. La acción lo emociona. El petróleo es su objetivo. Sin embargo, no es nada sorprendente. Es la enésima marcha atrás que devuelve el reloj de la historia a los años de la Guerra Fría. El juego de la estupidez humana que vuelve a presentarnos la factura. El poder recupera su paradigma más clásico: quien golpea más fuerte gana. Desde Atenas hasta la Edad Media, desde Napoleón hasta Hitler, ¿eres capaz de derrocar un régimen? Hazlo. ¿Hay un Irán después de Venezuela? Se aceptan apuestas, mientras Kiev y Taipéi cruzan los dedos. Gaza, sencillamente, ya no tiene opción.

La foto de Nicolás Maduro, esposado y vendado, exhibida como un trofeo de salón de caza, es el testimonio escalofriante de una voluntad de poder reivindicada en repetidas ocasiones. Esa foto del secuestrado y prisionero Nicolás Maduro es la imagen de la obsesión de Donald Trump con la idea del control total. Cuando la democracia y la libertad entran en contradicción, la ley del más fuerte se impone desde arriba y a la fuerza desde la Casa Blanca.

Mientras Donald Trump exhibe a sus enemigos esposados y se regodea de éxitos militares que nadie más es capaz de lograr se siente un dios. Él ha elegido al dios de la guerra. No está mal para alguien que pretendía el Nobel de la Paz. Solo estamos en los primeros días de enero... Y uno ya intuye que aún no hemos visto nada de lo que va a ocurrir durante este año 2026.


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