Derecho al silencio
Si algo deberíamos envidiar de los escandinavos no es su codiciable y triunfante sistema educativo, sino la veneración que sienten en estos países por el valor del silencio. Para una cultura en la que un susurro más alto que otro constituye una notoria violación acústica, resultaría grotesco e inimaginable la permisividad que existe hoy en día en el transporte o en los espacios públicos de nuestro país, donde en cualquier momento la paz del viajero/viandante puede verse alterada por los estridentes vibes del smartphone de cualquier «tardoadolescente». Aun a riesgo de caer en el tópico del cualquier tiempo pasado fue mejor, me veo obligada a defender que los de mi generación millennial, teníamos una mayor consideración por el silencio del otro, ya que, al menos, optábamos por el uso constante de auriculares. De ahí que se nos rebautizara también con el sobrenombre de generación Y. Cada cual podía escuchar libremente sus placeres culpables sin que ello limitara o condicionara los del vecino. Eso sí. Algo en común une a nuestras sucesivas generaciones. El miedo, público o privado, a la ausencia de ruido. Al diálogo con uno mismo. Y es que el enfrentarse a nuestro yo, el focalizar la atención sobre la introspección sin sobresaltos, sin estímulos, debe de ser aterrador. ¿Cómo gestionar nuestro silencio en una sociedad en la que la polifonía sonora acontece continuamente rompiendo ambientes y mutilando soledades? ¿Cómo revalorizar la concentración derivada de la ausencia de ruido si hasta para dormir Youtube nos suministra los más variopintos e interminables murmullos de relajación? Desenchufemos nuestros oídos por un momento. Reivindiquemos el no-sonido. Y que el árbol que cae en medio del bosque cuando no hay nadie, siga, por nuestra salud mental, sin hacer ruido.