El primero de Mayo
Madrid apestaba a Estado. Siempre el mismo olor. Un dulzón aroma a burocracia, a banderas conservadas en naftalina. Este año ni siquiera estaban los secretarios generales de Comisiones y de la UGT al frente de la esclerótica marcha, huídos a Bilbao en busca quizá de un aire más empapado de libertad obrera. No sé incluso si se puede hablar ya de la libertad obrera en España.
Es una imagen girada al bistre. Oro viejo y sin memoria. No sólo en España, también en Francia, en Alemania, en Inglaterra o Italia. Los obreros se han disuelto en cien denominaciones distintas. Hay que hablar de trabajadores, marco más amplio. Los ministros son trabajadores, los presidentes de la Banca son trabajadores, los expertos que dan nombre nuevo a las cosas son trabajadores, los parados son trabajadores. Y el primero de mayo en Chicago murieron obreros. Cosas de otros tiempos. A los obreros los enterraban en tierra pobre y una bandera roja tras la batalla. A los trabajadores los conservan en moqueta o en papel del Boletín Oficial del Estado.
El paisaje es islandés, fumarolas de calor helado en un paisaje estéril. La política es una asignatura de ciencias empresariales. No enseña a vivir sino a supervivir. La dignidad y el trabajo son una cuestión de envase en que figura la fecha de caducidad del contenido. Madrid apestaba a Estado. Unos guardias cansados vigilaban la marcha escasa. Los dirigentes sindicales habían huído hacia la frontera para estar más cerca de Europa. Y Europa hacía cuentas con los beneficios de la Deuda. A.A.-S.