Katalunia
Me pongo delante de la pantalla y no sé muy bien qué escribir. Son tantas las emociones de todo tipo que sentí durante la jornada del domingo 1 de octubre, que me resulta difícil elegir por dónde empezar, así que intentaré hacerlo desde el corazón que es, además de la inteligencia, por donde los seres humanos nos diferenciamos de los animales.
Adelanto que soy vasca, independentista convencida y genéticamente inducida a despreciar el fanatismo español, porque nací en el seno de una familia que vivió la represión franquista (con fusilado incluído) y que tuvo que renunciar, entre muchas otras cosas, a hablar en el idioma de su tierra por miedo a ser castigada, encarcelada y, en el peor de los casos, asesinada.
La jornada del domingo me produjo, entre muchas otras, dos emociones a destacar, envidia e indignación.
Envidia del pueblo catalán por vuestra valentía y actitud pacífica ante tamaña agresión del Gobierno español, por vuestra firmeza y determinación para salir a la calle papeleta en mano, por defender esas urnas de plástico como si fueran cofres bañados en oro, por las flores como trueque a la violencia, por los aplausos a la valentía de vuestros mayores, por el terror compartido, en definitiva, por mil y un actitudes que nos dieron al resto del mundo una lección de dignidad humana que formará parte de vuestra historia y también de la de todos aquellos que hubiéramos deseado estar allí con todos vosotros.
Pero a pesar de la emotividad que todo ello me produjo, ganó el sentimiento de indignación, de impotencia, de repulsa a un gobierno que nunca he reconocido, que lo siento invasor en mi tierra y lo veo enfurecido contra la vuestra. Un Gobierno constituido por personas no formadas en democracia, incultas en civismo, desprovistas de humanidad y reacias a satisfacer ningún deseo que no sea el suyo propio. Sentí indignación por la manipulación de los medios, que querían hacernos ver lo contrario de lo que veíamos, por lanzar mensajes cargados de odio implícito, por sesgar palabras y cortar imágenes, en resumidas cuentas, por alabar la unidad de una España de volantes y castañuelas que huele a rancia por los cuatro costados.
Sentí indignación, si, pero hoy es el día después y ya lo he superado, porque ahora siento nuevamente orgullo por ser lo que soy y ya no caben dudas. Salgo a la calle pasando por una puerta hasta ahora cerrada y gritando al mundo y mañana es nuestro turno y no estamos solos, porque vosotros tenéis ahora la llave de esa puerta que muchos vascos y vascas ansiamos atravesar.
Moltes gracies Catalunya, eskerrik asko!!