Setién
Javier Sádaba | Filósofo
12/07/2018

Acabo de enterarme de la muerte del obispo Setién a través de un medio escrito de Madrid que rubrica la noticia con un comentario despectivo. El periódico es de la derecha clásica pero, a no ser que uno entre online, todos son de la más pura derecha con ciertos matices añadidos. Nada de lo que han dicho o dirán me sorprenderá, solo que choca frontalmente con la figura que yo he conocido de José María Setién. Antes de conocerle personalmente oí hablar de él a mi primo Periko Solabarria porque los dos estudiaron en el Seminario de Vitoria y eran del mismo curso. Me decía que además de ser el más listo jugaba muy bien al futbol de delantero centro. Cara a cara le conocí en Salamanca en donde daba clase de sociología. Me llamó la atención su manera de razonar. Su lógica me parecía impecable. No sé cuánta firmeza tendrían sus convicciones pero donde no fallaba era en las deducciones. Más tarde volví a charlar con él y de nuevo me llamó la atención su robusto sentido común. Pasado el tiempo, he vuelto a verle, aparte de algún encuentro rápido, en reuniones en las que hablábamos de los problemas de Euskadi e incluso tuvimos un mano a mano en Bilbao. No creo que este debate diera mucho de sí. El se atrincheró en la teología y yo raspé algo en la defensa del agnosticismo. En ese periodo, una editorial madrileña nos propuso que hiciéramos un libro-dialogo sobre Euskal Herria. La cosa no quedó en nada. Lo que sí quedó grabada en mi mente es la imagen de una persona sólida y amante de su pueblo.

Durante mucho tiempo, y por el contrario, en la prensa, tertulias y cotilleos españoles, Setién era presentado como una oveja descarriada entre los pastores. Todos los alfilerazos y lanzadas le tuvieron como objetivo. Claro que nadie había leído un libro de él y menos lo que escribió sobre la paz. Era visto, en suma, como el mal de males, el traidor a la Iglesia, el que pone por delante su visión, descarriada sin dada para sus críticos, ideológica, a una actitud verdaderamente cristiana. Causa estupor tanta hipocresía. Porque Dios nos libre de tales cristianos y que siga librándonos de una concepción política cerrada, unionista, dominadora y sin autocrítica alguna.

Para algunos, entre los cuales se encuentran o encontraban amigos míos, Setién no le dio lo suficiente al acelerador. Suele suceder a los que, en medio de un conflicto en donde no faltan las contradicciones, quiere mantener una postura equilibrada. Para mí, y lo repito para acabar, permanecerá el recuerdo de una persona inteligente, que escuchaba y que no dejo nunca de sentirse vasco. Descanse en paz en esa tierra que le vio nacer.

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