Arrancan los árboles, pero el bosque sigue existiendo

La operación desarrollada ayer por la Guardia Civil en Oiartzun es un ejercicio de patetismo que está a la altura de esa institución militar, tan arcaica como antidemocrática. La imagen de agentes encapuchados cargando en una furgoneta esquejes del robledal erigido en recuerdo a militantes abertzales muertos en los últimos 45 años es sintomática de lo grotesca que se ha vuelto la actitud del Estado español sobre Euskal Herria. Sería hilarante si no hubiera personas detenidas ni tocara sentimientos tan profundos.

Pero los toca. En ese bosque se ha mantenido durante años el recuerdo de cientos de personas que fallecieron de forma violenta a causa del conflicto, y destrozarlo constituye una afrenta dolorosa para sus seres queridos. Entre los nombres que han intentado borrar los hay de voluntarios de ETA y también de ciudadanos que jamás empuñaron un arma, de jóvenes fallecidos en enfrentamientos armados y de militantes políticos abatidos por la guerra sucia. En todo caso, seres humanos que tienen derecho a ser recordados por sus familiares y amigos sin que ello constituya un agravio para nadie ni el «enaltecimiento» de nada. ¿Acaso la Justicia española va a prohibir poner flores en determinadas tumbas? ¿Hasta ese grado ha llegado el disparate? Además, un Estado que se permite honrar a divisiones integradas por combatientes franquistas que lucharon junto a los nazis, que abre exposiciones en homenaje a regimientos que violaron y mataron a civiles indefensos y que «educa» a menores en el manejo de armas y explosivos no tiene legitimidad para juzgar los sentimientos de absolutamente nadie.

Lo ocurrido en Aritxulegi es un acto sumo de hipocresía, pero es asimismo un intento de imponer un relato que niega a este país la capacidad de amar o de sentir dolor al margen de los pronunciamientos oficiales. Es una falta de respeto hacia miles de personas que han conocido un sufrimiento brutal y que merecen ser reconfortadas. Y es también un intento de prolongar el conflicto, de hacer que la sociedad vasca desista y abandone el camino emprendido hacia la solución. Sin embargo, vuelven a errar, pues esos árboles solo son la representación de un sentir colectivo; el bosque permanece inalterado en la memoria de este pueblo.

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