El verdadero problema es la Delegación

El comienzo de las fiestas de Ibarra sin lanzamiento del txupinazo por decisión judicial es una de tantas muestras del déficit democrático que padece este país administrado por un estado que se dice de derecho. Es habitual la cantinela del grado de autonomía sin parangón en Europa que aseguran gozan varios territorios vascos. Una autonomía que fundamentan, más que en un derecho, en una especie de dádiva del Estado y que, por tanto, está sujeta a su control total. Hasta el punto de prohibir el lanzamiento del cohete de fiestas de un pueblo si quien ha sido asignado para hacerlo no es de su gusto.

Ese control adquiere especiales características con el concurso de Carlos Urquijo, quien en su andadura como delegado del Gobierno español en Araba, Bizkaia y Gipuzkoa ha demostrado una obsesión enfermiza contra cualquier manifestación social, cultural, lingüística o económica de este país, como indican los más de 700 recursos judiciales contra decisiones de instituciones de los herrialdes que vigila. El Parlamento de Gasteiz rechazó hace dos años la actuación de Urquijo porque «recorta los derechos y las libertades fundamentales de la ciudadanía». Ciertamente, una persona que evidencia ese tipo de disfunciones no parece adecuada para ocupar un cargo público.

En cualquier caso, el mayor problema al respecto no es el hecho de que Urquijo sea delegado del Gobierno español, sino el propio cargo, por su naturaleza antidemocrática. La Cámara autonómica de Gasteiz instó asimismo «a la desaparición de la figura y las competencias del delegado del Gobierno», para lo cual las instituciones vascas deberían mostrarse más activas. Porque su principal misión consiste en torpedear cualquier avance en clave de resolución, paz y convivencia. Porque apuesta por el ensañamiento y la humillación de la que arteramente acusa a los demás, y cuenta con la aquiescencia del aparato judicial. En esta ocasión ha logrado dejar sin txupinazo a los vecinos de Ibarra, pero no su mezquino objetivo: anular la solidaridad hacia los familiares de los represaliados vascos.

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