La deshumanización de la migración en la UE

El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, aprovechó el viaje que realiza estos días a Grecia y Turquía para recomendar a las decenas de miles de personas que aspiran a entrar a Europa que desistan. «Apelo a todos los migrantes económicos, de donde quiera que procedan, a que no vengan a Europa, que no crean a los traficantes, que no pongan en peligro sus vidas y su dinero», fueron sus palabras. Cuesta elegir por dónde empezar a desmontar semejante despropósito.

¿De verdad cree Tusk que no saben el peligro que corren? ¿Se le ha ocurrido pensar por qué esas personas prefieren arriesgar su vida y su dinero? El enternecedor consejo para que no confíen en los traficantes se convierte en crudo insulto en boca de quienes abanderan un cierre de fronteras que no hace sino dar alas a dichos traficantes. Nunca, en ningún lugar, la prohibición consiguió parar los pies a la vida durante demasiado tiempo, pero en ese lapso siempre hubo quien sacó provecho. Mención aparte requiere el concepto de «migrante económico», se supone que en contraposición al migrante político, es decir, al refugiado. Como si un sistema económico que condena a la miseria a medio planeta no tuviese nada que ver con la política. Hace tiempo que el lenguaje empleado para referirse a la llegada de migrantes a Europa (crisis, avalancha, cuotas, reparto, etc) prepara el terreno a la deshumanización que requieren el cierre de fronteras y la expulsión masiva de personas fuera de las fronteras europeas.

El próximo lunes se celebrará una cumbre entre la UE y Turquía, seguida de una reunión entre los 28 para abordar el tema. Tusk aseguró ayer que ve emerger un «consenso europeo» que pasará, más allá de adornos lingüísticos, por pedir a Grecia que contenga a la población refugiada. Frente a ello, se impone pensar y proponer alternativas reales y practicables que vayan más allá del ideal de fronteras abiertas, objetivo irrenunciable que, sin embargo, no solucionaría de forma mágica este cotidiano drama humano.

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