La revuelta señala un Estado al borde del abismo
El pasado sábado, cientos de miles de franceses y francesas tomaron las calles, las rotondas y las plazas. Estudiantes de secundaria y universitarios, trabajadores, jubilados y sindicalistas: una convergencia real contra el «encarecimiento de la vida». Marcharon con calma y con buen ánimo, con pancartas ingeniosas, para hacer oír sus reivindicaciones, perfectamente justificadas y legítimas. Pero también se vivieron escenas de una violencia inusitada, desconocidas hasta ahora, que han dado la vuelta al mundo. Quema de edificios públicos, saqueos de grandes almacenes y tiendas de lujo, durísimos enfrentamientos que llegaron hasta las inmediaciones del Elíseo, con un balance de 2.500 detenidos, cientos de heridos y pérdidas económicas millonarias. Algo que ha sido internacionalmente interpretado como una señal de un estado al borde del abismo, de la ruptura.
Ante una situación tan confusa y volátil, el presidente francés, Emmanuel Macron, se vió obligado a comparecer ante la opinión pública. Con un tono serio y un discurso de mano dura, prometió ser «implacable» ante lo que consideró como un intento de «derrocar la República». Para él, todo ha sido cálculo de agitadores que creen tener todo que ganar con el caos, y por eso encienden la mecha. Pero la gigantesca protesta del sábado no cayó del cielo. Y plantea interrogantes más allá de la estrategia de orden público. Porque al subestimar las movilizaciones, despreciar a los manifestantes y apostarpor la táctica de dejar que la situación se vaya pudriendo, el gobierno ha perdido el control de un conflicto ante el cual nunca abrió la puerta al diálogo.
Los políticos se han lanzado a una guerra de acusaciones, con la mirada fija en las elecciones presidenciales. La extrema derecha se frota las manos, como si todo se redujera a calcular cuántos votos podrían captar, cuando lo que se ha vivido en las calles es algo mucho más profundo. No hay análisis de fondo, no se ofrecen perspectivas, nadie reconoce que la sociedad –y no solo la francesa– está cada vez más aturdida. Esas peleas partidistas no enseñan nada, salvo la sordera de quienes pretenden tomar el poder dentro de seis meses.