Las fiestas también pueden ser un elemento tractor de cambios

La fiesta no deja de ser un fiel reflejo de una sociedad. En su versión más asilvestrada, tunante y desaforada, sin duda, pero reflejo de sus luchas, de sus anhelos y de sus frustraciones, de sus corrientes internas. Para muchos la fiesta es un paréntesis, un oasis en medio de las obligaciones y la normalidad, una evasión y poco más. Pero incluso en ese sentido refleja las taras de las sociedades en las que se desarrollan dichas celebraciones. Y si algo hay en Euskal Herria son fiestas. Las hay religiosas, paganas, comerciales, populares, locales, universales, reivindicativas, naif, divertidas e incluso aburridas. Ya lo dijo Voltaire en 1756, los vascos son el «pueblo que canta y baila a ambos lados del Pirineo», y con sus altibajos, esa naturaleza festiva se mantiene constante en nuestros pueblos y barrios.


Hoy comienzan las fiestas de San Fermín en Iruñea, unas fiestas sin igual según reza la canción, pese a que la competencia aprieta y las modas y las crisis afectan. No obstante, siguen teniendo algo de excepcional, son diferentes por diversas razones, aunque no dejan de ser reflejo de la situación del país, del herrialde, de la ciudad y, en general, de la sociedad en la que se celebran.
Un espejo deformado pero diáfano


Aunque el calor, la euforia, el deseo de desconectar o una realidad un tanto deformada lo oculten, existe una relación entre lo que ocurre en fiestas y lo que sucede el resto del año. Quizás las fiestas no son el momento más propicio para reflexiones sesudas, pero la inconsciencia tampoco es recomendable.


La situación de la mujer es una de las cuestiones que en fiestas resulta más lacerante. Por un lado, los roles familiares habituales no solo se reproducen, sino que se llevan al paroxismo. Los fastos se acumulan, las tareas se multiplican, las dependencias se hacen aún más tiránicas… y, lógicamente, lo que no se ha cambiado durante el año –los desequilibrios de poder, las relaciones subordinadas…–, no se alteran mientras dura el jolgorio. Más bien se afianzan o se profundizan. Es cierto que en muchas casas esto ha ido cambiando, que el desarrollo en muchas familias es muy positivo. Aun partiendo de puntos muy diferentes, como mínimo lo políticamente correcto y como máximo un grado muy alto de paridad se han hecho camino. Pero lo que es estructural tiende a resurgir y en nuestra sociedad el machismo lo es. Su vertiente más grave son las agresiones, una realidad contra la que esta sociedad no encuentra antidoto. Una responsabilidad colectiva, más allá de las particulares, que se deben perseguir y castigar. Siendo realistas, en fiestas no se va a solucionar este problema, pero hay que hacer todo lo que se pueda para limitarlo y, en la medida de lo posible, cercenarlo.


La situación económica es otro de los elementos que marcan las fiestas. El aspecto más visible en este momento es la crisis, dado el contraste que existe entre la terrible situación de muchas economías domésticas y un modelo que prioriza el consumismo. Nada nuevo, tampoco, pero el contraste entre quien lo está pasando tan mal y el deseo de pasarlo tan bien resulta chocante y, si se mira con un poco de perspectiva, hiriente. No obstante, no conviene mirarlo desde un prisma caritativo o individual. Las razones de esta situación son políticas y las soluciones serán colectivas o no lo serán.


También tiene relación con este tema la cuestión del modelo de desarrollo económico. Las fiestas se han convertido en un tractor económico, pero no sin efectos perversos. La terciarización de la economía, la prevalencia del sector servicios, está trayendo consecuencias que no siempre son casos de éxito, digan lo que digan sus promotores. A medio camino entre quienes dan el pelotazo y quienes arreglan las cuentas del año, este modelo ha traído una terrible precarización del empleo, una visión cortoplacista, unos resultados estadísticos de beneficios sociales y económicos que en realidad esconden grandes miserias. Para empezar, un reparto muy poco equitativo que da mucho a unos pocos y muy poco a unos cuantos. El porcentaje de dinero negro que se mueve estos días es un indicador claro de estos efectos perversos.


Si bien no es lo más relevante del tema, tirando de ese hilo nos encontramos, por ejemplo, con el debate de las drogas, otro de los elementos centrales de nuestras fiestas. Pero no con el debate moral, sino con el político. La «guerra contra las drogas» ha fracasado y se imponen nuevos modelos. No es solo la marihuana, ni siquiera es solo sobre las drogas ilegales. El debate tiene muchas vertientes, desde la económica hasta la mencionada moral, pero de no darlo nos encontraremos con que otros lo han dado por nosotros. Quizás no se considere urgente, al menos hasta que en algún sitio suenen las alarmas, pero también es una realidad que se da durante todo el año y que en estas fechas se exacerba.


La relación entre instituciones y colectivos populares, la brecha cultural, la seguridad –como ejemplo el blindaje policial de Iruñea hoy–… las fiestas ofrecen, también, un inagotable caudal de reflexión necesaria. Hemos dejado de lado la cuestión estríctamente política, pero estos sanfermines tienen en ese sentido un carácter especial, por tratarse de los últimos antes de unas elecciones que pueden traer un cambio. Y no solo se trata de la relación entre fiestas y política, sino de una política de fiestas que refleje en qué consiste el cambio en lo más cotidiano. La propuesta festiva de quienes promueven ese cambio debe ser abierta, plural, participativa e innovadora. Se ha hecho mucho en ese sentido.


En definitiva, las fiestas tienen una dimensión política muy potente y, desde un punto de vista emancipador, pueden ser un elemento tractor del cambio. Lo cual es absolutamente compatible con pasarselo bien. Ondo pasa!

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