Las naciones de Europa emergen con fuerza

El referéndum de Escocia y las elecciones plebiscitarias de Catalunya ejemplificaron dos formas de ejercer el derecho de autodeterminación en Europa. A su vez, el Reino Unido y el Reino de España demostraron dos maneras muy diferentes frente a la demanda de las naciones para decidir libremente su futuro político. El primero reconoció a los escoceses el derecho a decidir, el segundo hizo y hace todo lo posible para negar ese derecho a los catalanes y a los vascos. Estos procesos han permitido el redescubrimiento del principio de autodeterminación como una clave para modernizar las democracias del siglo XXI, para democratizar las sociedades e impulsar la transformación social inherente a los procesos de liberación. Que los pueblos sean dueños de sus decisiones es cada vez más percibido como la mejor vía para conseguir la prosperidad e igualdad que sus gentes demandan. Y es que una nación liberada es un símbolo de inclusión; su existencia, un tesoro que enriquece la diversidad cultural y a la propia humanidad.

En contextos tan diferentes y, en cierta medida, ahora tan iguales, las diferentes naciones de Europa están llamando a la puerta de la autodeterminación. Corsica es una de las naciones que lo está haciendo con más énfasis. La capacidad de resistencia y de adaptación del nacionalismo corso lo ha convertido en una fuerza política genuina y visible, con un discurso que ha saltado las trincheras para hablar directamente a una gran mayoría de los ciudadanos. La dimensión de la unión de fuerzas patriotas que gobierna Corsica no es un mero reagrupamiento simbólico. De hecho, son la única esperanza para hacer cambios profundos y durables en el meollo de la vida política de la isla.

Por consiguiente, el control de los nacionalistas del sistema político de Corsica debe interpretarse como un deseo real de sus habitantes para una emancipación social y popular. Una expresión de la viabilidad práctica de la autodeterminación interna y externa de la nación corsa.

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