Memoria y argumentos ante la tentación nuclear
Ayer se cumplieron 15 años del gravísimo accidente nuclear de Fukushima, causado por el tsunami provocado por un terremoto en un país, Japón, ya traumatizado por el impacto de dos bombas nucleares. En un momento en el que los cantos de sirena de la energía nuclear vuelven a sonar con fuerza, con la inefable presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, anunciando una lluvia de millones para este sector abanderado por el Estado francés, el ejercicio de memoria resulta más pertinente que nunca.
La energía nuclear es una falsa salida a la urgencia de abandonar los combustibles fósiles. En primer lugar, porque la energía nuclear convencional es muy peligrosa, como se pudo observar hace 40 años en Chernobyl y hace 15 en Fukushima. Los accidentes pueden ser pocos, pero su gravedad no compensa los riesgos. Pero hay más argumentos. Es una energía cara de la que las empresas privadas no quieren saber nada a no ser que sea con el dinero de los Estados. Y es muy lenta. El reactor de Flamanville 3, en el Estado francés, sufrió un retraso de 12 años y un sobrecoste de 9.300 millones de euros. Las promesas en torno a los reactores de nueva generación son sugerentes, pero su desarrollo es embrionario. La lucha contra la crisis climática no admite más demoras. Los recursos públicos deben dedicarse a la implantación de un sistema basado en renovables. La nuclear no es, además, una energía renovable, ya que requiere del uso de uranio, materia crítica finita que produce residuos que mantienen su radiactividad durante cientos de miles de años. Es una carga indebida a las generaciones futuras. Finalmente, sigue alimentando un sistema de generación de energía centralizada que impide la creación de un sistema comunitario, democrático y distribuido que busque generar y gestionar la energía tan cerca como sea posible del lugar en el que se va a consumir.
Igual que hace hoy 40 años con el referéndum de la OTAN, Euskal Herria supo decir claramente que no a la energía nuclear. Cuatro décadas más tarde, los argumentos para mantenerse en la negativa son si cabe más firmes.