No basta con reaccionar ante los reaccionarios

Donald Trump, y junto con él la derecha reaccionaria, han vencido en las elecciones de EEUU y copan todas las instituciones de esa potencia mundial. Un imperio con serios problemas estructurales que van desde lo cultural a lo geopolítico, y que de un modo u otro se reflejan en la elección de este magnate misógino, racista y fascista. Que el establishment apoyase a la nefasta Hillary Clinton no quiere decir que esa clase dirigente no se vaya a adaptar a Trump, no lo vaya a cooptar o a negociar con él. Los intereses creados son inmensos, la inercia muy potente y él ya ha demostrado ser muy pragmático. Probablemente, lo será aún más a partir de ahora. Está por ver el margen que tiene para llevar a cabo sus delirios segregacionistas, sus medidas proteccionistas, sus perturbadoras alianzas o sus bravatas en general. Está por ver cómo concuerdan esas tendencias egomaníacas con los intereses de su clase, de sus estructuras, de sus instituciones. Lo que está claro es que será implacable con todo aquel que no entre en ese círculo de intereses y lealtades.
 
La izquierda va a sufrir en este ciclo político, tanto dentro como fuera de EEUU. Paradójicamente, si aunque sea simbólicamente Trump sostiene en la esfera internacional algo del tono mantenido en campaña, sus demenciales posturas pueden provocar una nueva ola de antiimperialismo que reproduzca las anteriores mezclando dosis de nostalgia y de nuevas referencias. Lo cual sin duda será positivo como reacción, pero el objetivo de la izquierda a nivel global es alumbrar y desarrollar el socialismo del siglo XXI por medio de una estrategia eficaz. Todo lo demás reproduce esquemas de resistencia que tienen un gran valor ético y político, pero que evidencian también las debilidades de los partidos, los movimientos y las personas que en todo el planeta luchan por la igualdad, la justicia, la democracia y la libertad. Es decir, por todo lo contrario de lo que defienden Trump y los suyos.

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