Nuestros valores y nuestros fines justifican estos medios
GARA cumple quince años en un momento en el que realizar periodismo profesional y de calidad es realmente complicado. Objetivamente, gracias a las nuevas tecnologías, los recursos a disposición del periodista son ahora mayores y mejores que nunca, el acceso a la información, a ingentes cantidades de información, es más sencillo de lo que ha sido nunca antes. No obstante, en ese torrente de ruido, separar lo que es información de lo que es propaganda, verdad de mentira, es harto complicado. La garantía para ello son, en cierta medida, las redacciones (no confundir con oficinas), esos lugares donde el periodismo adquiere su verdadera dimensión, donde la labor del periodista adquiere contexto, tradición, maneras de hacer (que ni siempre ni en todo lugar fueron necesariamente buenas, pero que suponen al menos una garantía de contraste y de responsabilidad). Porque el periodismo es un trabajo colectivo, de equipo, comunitario. Los buenos periodistas crecen en contextos propicios, en contacto con colegas, con la gente, en diálogo, no en monólogos. El problema, por lo tanto, no es tanto que no se pueda hacer periodismo de calidad ahora, sino que es difícil hacerlo de manera profesional. El problema es que, por decisiones suicidas propias y por tendencias aculturizantes generales que nadie es capaz de revertir, apenas criticar, hoy es más difícil que nunca sostener un negocio que para subsistir debe ser rentable no solo social sino también económicamente.
Al evidente problema estructural que padecen los medios escritos se suman algunos otros vicios modernos, que afectan directamente a esos contenidos y a su presentación y que, si bien empezaron como una moda, van camino de enquistarse. Por ejemplo, ahí está la creciente trivialización de la información, que lo mismo sitúa lo más noticioso de la cumbre de Davos en el error en un currículum que pone todo el foco de la inusitada comparecencia judicial de una princesa española en si bajará o no por una rampa, o reduce la importancia de la muy criticable actuación política del presidente de la República francesa por debajo de la de un affaire sentimental privado. También están ahí defectos como la pérdida del rigor que antes descansaba en la credibilidad de las fuentes, la superficialidad en los mensajes –Twitter es tan rápido como parco–, la falta de contraste por la demanda de inmediatez, la carencia de medios propios para informar de realidades lejanas…
Estos y otros problemas hacen que cada vez más la información sea un mero elemento de consumo rápido, por no decir basura, de entretenimiento banal, de mensajes vacíos y acríticos, donde las historias humanas son sustituidas por historietas intrascendentes, la verdadera información política por politiquería fugaz… y suma y sigue.
Una hazaña colectiva, un reto común
Afortunadamente, GARA cumple quince años en Euskal Herria, un país que no es ajeno a esta preocupante deriva general, pero que tiene algunas peculiaridades propias que ponen más difícil el avance de este tipo de periodismo imperante. El «peor» de nuestros periódicos mantiene estándares que en lugares cercanos hace tiempo se perdieron (lo mismo cabe decir, y no es casualidad, de Catalunya). Un país más interesado en su propio futuro, más concienciado, más atento al resto del mundo, más habituado a la crítica y la autocrítica, más inconformista. Es todo ello lo que hizo posible que, como recuerda el reportaje firmado hoy por Maider Iantzi, hace quince años una comunidad levantara este diario en un gigantesco auzolan (crowdfunding se le llama ahora). Una comunidad que supo y sabe valorar lo importante que es contar con unos medios implicados, cercanos, veraces, con valores y profundos. Y una comunidad que hoy día, en plena crisis, ha reafirmado su compromiso con GARA y NAIZ en la campaña de suscripciones en marcha.
Llegados a este punto, no está de más preguntarse cuál es la función de un diario en pleno siglo XXI, y más concretamente de un editorial como este. La casuística es variada, desde los medios que renuncian a editorializar a los que adoptan un tono pretendidamente institucional encadenando lugares comunes y sin salir de la corrección política, con lo que derivan en intrascendentes. También hay órganos que se dirigen exclusivamente a su tribu, convirtiéndolos en un ejercicio de mero autoconsumo sin impacto exterior. Con sus aciertos y errores, GARA trata de ir algo más allá, consciente de que la información y la opinión tienen una capacidad transformadora enorme y que el objetivo de un medio es social, es decir, se basa en mejorar la sociedad en la que se desempeña. Consciente de que lo revolucionario hoy en día obliga a ser inconformistas, profundos, analíticos, críticos y autocríticos, políticamente incorrectos cuando toca. Sin ánimo dirigista ni paternalista, por supuesto, pero con voluntad de aportar algo, de pensar y hacer pensar. No siempre acertaremos, sin duda, pero no será por no arriesgar.
Este ha sido el horizonte de GARA desde que surgió en enero de 1999. El camino no ha sido fácil ni mucho menos lineal, pero esta forma de hacer ha dejado algunos resultados positivos. Quince años después, gracias al esfuerzo de nuestra comunidad, estamos cambiando el paradigma de nuestro negocio, siendo pioneros en un modelo que entre todos tenemos que ir perfeccionando. Así, hemos demostrado que el proyecto en sí es viable, aunque por el momento no sea sostenible en su estructura actual. Debemos perseverar, seguir afinando, arreglando y adaptando este barco con la dificultad añadida que supone hacerlo mientras navega por aguas aun tempestuosas. Si llegar hasta aquí ha sido una hazaña colectiva, solo desde esos valores y con mucho trabajo lograremos alcanzar nuestros objetivos, por nuestros medios.