Perspectiva a largo plazo y mucho trabajo a corto

Frente a la efervescencia de hace un año, la actualidad política catalana vive ahora momentos de tensa quietud. Mareas de fondo que se expresan en discursos y actos, en filtraciones y mensajes destinados a resituarse, a marcar terreno y posiciones. En el horizonte están el juicio contra el independentismo en el Tribunal Supremo y un complejo calendario electoral que pasa por Europa, por municipales y quién sabe si no por Madrid.

Mientras tanto, el Estado español sigue jugando al negacionismo, a parar el reloj de la historia. Le ha valido hasta ahora. El coste de esta conducta autoritaria es su paulatina descomposición. Mantiene, eso sí, la garantía de pervivencia que de oficio le da su condición de Estado. La estructura que le ofrece esa garantía, la Unión Europea, también vive una profunda crisis que no quiere afrontar. El neoliberalismo es suicida y la derecha insaciable. La pendiente reaccionaria no tiene freno una vez que se acepta su marco.

En este contexto, la distancia forzada en la que se encuentra el president Carles Puigdemont le ofrece una perspectiva y claridad interesantes. En su discurso, sitúa el momento político en Europa y el momento histórico más allá de Catalunya. No obstante, tal y como él mismo deja entrever en la entrevista que hoy publica GARA, esa distancia supone un obstáculo importante para su acción política. La gestión de los tiempos es muy complicada desde el exilio. También la gestión de las discrepancias, tal y como se refleja en la pugna entre la línea marcada por el president y ERC.

Mensajes cruzados
Cada vez de manera más evidente, las fuerzas catalanas se cruzan mensajes a través de la vía vasca. Por legítimos que sean, responden a intereses y no siempre son constructivos ni responden al momento histórico. Desde una perspectiva solidaria pero no por ello acrítica, desde Euskal Herria en estos discursos se echa de menos un punto de autocrítica. Al principio, no aceptar los errores de cálculo que tuvieron unos y otros podía tener sentido por no ofrecer munición al adversario, más aún con la amenaza represiva tan viva. Pero con el tiempo cada vez resulta menos sostenible. Sobre todo si esos errores no se aceptan no por no aparentar debilidad ante el adversario, sino ante los aliados. Como bien se ha podido comprobar en el caso vasco, hacer autocrítica no es aceptar las críticas que el enemigo formula en clave de capitulación, sino debatir con la propia base social qué se ha hecho bien y qué estaba mal.

En este escenario el independentismo vasco ha ganado centralidad, tanto en términos estratégicos como electorales. Es interlocutor privilegiado de todos esos partidos e instituciones. Su experiencia y discurso histórico sobre el régimen del 78 tiene un plus de credibilidad en base a los hechos probados y su liderazgo compartido ha ganado peso por razones externas e internas. Eso obliga a EH Bildu a gestionar esta centralidad con responsabilidad y serenidad, pero con la conciencia de que pueden jugar un papel crucial.

Superadas en gran medida las fiebres políticas que en Euskal Herria y en Catalunya veían en la otra nación todas las virtudes de las que carecía la propia, ajustadas las expectativas y vistos los límites de las estrategias llevadas a cabo hasta ahora, es hora de ponerse serios en relación a la posible agenda común de mínimos. Al mismo tiempo, hay que ser realistas. Esto es política, para mal y para bien. En todo caso, lo que ahora no puede ser quizás sea posible más adelante.

Resistir, ser solidarios, pero sobre todo acertar
Tras la muerte de Franco y durante la Transición, los pueblos y las instituciones vascas y catalanas han vivido y se han desarrollado en mutua competencia. Como vasos comunicantes, en el esquema autonómico lo que ganaba uno parecía ser lo que perdía el otro. Jelkides y convergentes se adaptaron a esta atmósfera de mercado. Unas veces ganaron y otras perdieron, pero en todos los casos generaron una desconfianza que sigue lastrando algunos de los retos de ambos países, pese al creciente interés y la solidaridad mutuas.

En el acto con el president Quim Torra que organizó Gure Esku Dago en Donostia, Angel Oiarbide hacía un llamamiento a «pasar de la solidaridad a la cooperación entre los pueblos». Como rezaba la campaña por la independencia, «Ara es l’hora». Y si todavía no lo es, es hora de trabajar para que llegue cuanto antes.

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