Recordar a la víctima, demandar justicia y participar del feminismo y su poder liberador

Primero, las víctimas. Y, en concreto, el recuerdo de la víctima de la violación del 7 de julio de 2016 en Iruñea. El ejemplo de esa joven debe reivindicarse en este momento de rabia, de impotencia, de tristeza y de indignación. Porque seguramente nada puede consolar el desamparo, el dolor, ese miedo. Pero el grito de «nosotras te creemos, sinisten dizugu», el rotundo «no estás sola, ez zaude bakarrik», ese inapelable «no es no, ezetz ezetz da» que se ha convertido estos días en un clamor en las calles de Euskal Herria y del Estado, suena para recordarnos quién es la víctima, quién hizo lo que debía, qué es y qué no es violencia, dónde está el bien y dónde el mal en un sistema intrínsecamente injusto que segrega a las personas por su género (también por su raza y por su clase social). Diga lo que diga esta sentencia, digan lo que digan esos jueces y moleste a quien le moleste esta realidad.

Porque a nadie se puede exigir que sea una heroína, un ejemplo para millones de personas. Pero a aquellas que lo son, aunque sea contra su voluntad, aunque sea en esta dramática tesitura, hay que reconocérselo. El valor de esa joven que, violada e indefensa, se atrevió a denunciarlo, ha salvado multitud de vidas no ya de la muerte –la cara más salvaje de la violencia patriarcal–, sino de la falta de consciencia sobre la violencia cotidiana y la discriminación. Esta denuncia ha alertado contra los peligros que sufren las mujeres y ha conjurado el miedo de manera colectiva. El caso de «La Manada» ha establecido, en contra de lo que dicta la sentencia, que la sociedad vasca no acepta más impunidad, que no va a volver a minusvalorar la violencia contra las mujeres, que esto es una prioridad política de primer orden.

Segundo, la justicia. Y la injusticia. Es decir, una justicia patriarcal que permite cosas humanamente insostenibles como que esta violación no fue violenta y no conllevó intimidación. El mensaje que se lanza a la ciudadanía es terrible. Con una mujer valiente que denuncia inmediatamente, con un protocolo institucional bien articulado y que funciona, con unas policías que hacen su trabajo de manera eficaz, con una movilización masiva de la ciudadanía en demanda de justicia, con un proceso garantista y con todos los hechos probados, ¿qué ha pasado? Si en este caso, dos jueces afirman que fue abuso y no agresión porque no hubo violencia, mientras otro escribe un tratado de misoginia y considera que las víctimas son los agresores, ¿qué pueden esperar una mujer y su comunidad si denuncian la violencia machista?

El sexismo y la misoginia tienen en la judicatura española una temible retaguardia. Además, en su perverso esquema ligan justicia solo a penas de cárcel, sin querer entender que sin verdad ni reparación no puede haber justicia. No quieren entender que no se puede ni revictimizar a la agredida ni permitir que los agresores asuman un victimismo machista. Quienes se han indignado con este proceso no lo han hecho tanto por la condena como por la sentencia. El feminismo no pide que maltraten a los maltratadores, sino que no se trate mal a nadie. No clama venganza, pide justicia.

Tercero, cómo no, el feminismo. Hay que subrayar esa revolución, esa apuesta personal y colectiva por un futuro de igualdad, justicia y libertad para todas las personas. Dada su transversalidad, su potencial emancipador es inabarcable y se proyecta cada vez más claramente a las siguientes generaciones. El cambio ya está aquí y todo el mundo lo sabe, aunque algunos se resistan a perder privilegios. También los poderes ejecutivos, legislativos y judicial. Son conscientes de que lo que hace diez, veinte o cincuenta años era normal, como esta sentencia, ya no es posible a día de hoy.

Tras décadas de lucha, el movimiento feminista ha logrado decantar a la gran mayoría de la sociedad vasca del lado de sus demandas. También ha conseguido marcar la agenda política. Aun en este contexto trágico, esa fuerza transformadora ofrece toda la esperanza que los violadores primero y los jueces después querían cegar.

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