Starmer ha sido pésimo, pero no basta con quitarlo
Desde la crisis del Brexit hace diez años, Gran Bretaña ha tenido seis primeros ministros. Tras los conservadores David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak, el laborista Keir Starmer es el último de esa antología de la inestabilidad política. Debido a luchas internas, escándalos o crisis económicas, ninguno de esos mandatarios ha logrado terminar su legislatura pacífica y ordenadamente, y Starmer no va a ser la excepción. Los medios británicos dicen que podría dimitir hoy mismo. Sea cuando sea, será tarde.
Starmer logró una mayoría absoluta como reacción al desastre de los tories, pero desde el primer momento demostró que iba a ser continuista en lo económico, subordinado en la esfera internacional, conservador en lo social y reaccionario en lo político. Y lo ha sido hasta el paroxismo. Ha asumido la austeridad y no ha hecho reformas serias. Incluso ha recortado el gasto social para incrementar el militar. Ha llevado a cabo todo tipo de purgas en el laborismo, empezando por Jeremy Corbyn. Se ha mostrado ridículamente sumiso ante Donald Trump. Ha recortado libertades y derechos, como al ilegalizar Palestine Action. Su apoyo al sionismo ha sido obsceno. En temas como la migración ha adoptado posturas cercanas a la agenda de la ultraderecha, que ahora amenaza con un sorpasso de la mano de Reform y Nigel Farage. En definitiva, ha gobernado para la City y el establishment y de espaldas a las mayorías sociales, que piden un cambio radical porque están sufriendo una pauperización progresiva.
Starmer ha sido pésimo, pero esta deriva no se soluciona cambiando de cartel, como plantean algunos de los parlamentarios que ahora apoyan a Andy Burnham. El exalcalde de Manchester ha ganado su escaño en Makerfield y, con él, su derecho a postularse a dirigir el partido y el Gobierno. Pero hace falta un cambio radical de estrategia, liderazgo, agenda y oferta política. A su izquierda, desde el Partido Verde, el corbynismo y el sindicalismo, se plantea una alternativa coordinada a la ultraderecha y las élites metropolitanas. Burnham puede coger esa mano tendida, o la que le asfixiará.