Una agenda vasca que abra el foco y sea realista

Las pobres argumentaciones que está dando Pedro Sánchez para justificar la convocatoria de unas nuevas elecciones el 10 de noviembre atenúan la percepción de que se trata de una operación de Estado y aumentan la sensación de estar ante la maniobra de un incauto ególatra. Algo de ambas cosas habrá, pero lo cierto es que expone un escenario políticamente desolador. La mediocridad y el desencanto son contagiosos, más en una campaña marcada por la agenda metropolitana. Aunque, visto el espectáculo de estas semanas, defender el españolismo en tierras vascas va a ser realmente difícil.

Las fuerzas abertzales solo pueden situar bien el debate, marcar claramente cuál es el mandato que demandan a la sociedad, hacer una buena campaña sin volverse locos y mantener vivo el juego político. Solo eso puede permitir que, sean cuales sean los resultados, se mantenga abierta y con potencia la batalla por la democracia y por la emancipación social y política.

El factor humano en las élites españolas

Puede que Sánchez haya errado en sus cálculos. Es cierto que, hasta ahora, se ha impuesto más por deméritos de sus adversarios que por sus virtudes –a excepción de la ambición y la perseverancia, que no se le pueden negar–. Frente a quienes lo menosprecian, hay que recordar que fue más perspicaz que Susana Díaz y los barones del PSOE; luego, apareció como honesto frente a Mariano Rajoy y el resto de nombres mencionados en la contabilidad corrupta del PP; en esta última fase ha sido más fiable y funcional al sistema que Albert Rivera y, en el fondo, ha demostrado ser más astuto que Pablo Iglesias. Algunas de estas cosas eran más fáciles que otras.

Ciertos cronistas sostienen que uno de los problemas de los presidentes españoles es que a partir de su segunda legislatura les invade la megalomanía y desconectan de la realidad. Se rodean de adoratrices y pierden aquello que les llevó a ganar unas elecciones. Sánchez puede haber llevado esto al paroxismo.

Casi pase lo que pase, su decisión de repetir comicios marcará un ciclo: quiere un nuevo mandato que excluya en lo posible a la izquierda y a las fuerzas vascas y catalanas. Lógicamente, quienes lo tienen como socio en diferentes instituciones no se lo quieren creer. Pero se ha demostrado que no influyen en él. Los pactos de gobierno de Gasteiz e Iruñea son ahora más frágiles.

Solo unos determinados resultados pueden poner en duda el hecho de que con el PSOE de Pedro Sánchez no se va a poder hacer apenas nada. Pactar, solo si lo necesita mucho, y a sabiendas de ni siquiera así va a cumplir su parte. Eso no evita que toda alternativa en España siempre pueda ser aún peor.

Cambiar la agenda o afrontarla de otro modo

En este contexto, el día del Pleno de Política General en el Parlamento de Gasteiz es uno de los más frustrantes para los abertzales de las diferentes familias y sectores. En él se muestran todas las limitaciones de esta institución y de su máximo representante. Por contraste, parte de los opinadores españoles lo comparan con sus estrambóticas sesiones parlamentarias, con su decadente clase política, y esto les parece un lugar civilizado. Sin embargo, nadie comprometido con el país y convencido del valor transformador de la actividad política se queda con un buen sabor de boca.

El del viernes no fue una excepción. El catálogo burocrático de la acción de gobierno, recitado con una retórica que aborta cualquier opción dialéctica, no sirve como guía para este momento político. Apenas refleja y en ningún caso responde a los grandes retos que tiene Euskal Herria. Por eso es importante abrir el foco y ver, incluso en los temas que se marcaron en Gasteiz, cuál es realmente la agenda vasca y quiénes la pueden liderar. En todas sus dimensiones, instituciones y territorios.

Porque si las prioridades son el feminismo y la crisis climática, sus protagonistas serán las feministas y una sociedad civil concienciada y comprometida, empezando por el sistema educativo y terminando en las empresas. Si es la demografía, no será este Gobierno el que lo arregle, porque a falta de instrumentos la clave es avanzar en valores que faciliten el cuidado y condiciones que den opciones de vida a las personas nacidas aquí y a las que vienen de fuera. Si los debates son la soberanía y la democracia –y en Euskal Herria siempre lo son, se les llame Concierto Político o Kintanti–, los planteamientos de Pedro Sánchez e Iñigo Urkullu, juntos o por separado, no dan para más.

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