Una lectura mínimamente compartida del mundo

La reconfiguración del orden mundial tiene infinidad de interrogantes abiertos y ofrece pocas certezas. Pero hay algunas. Una de ellas es que el recorrido de la OTAN está ya más que agotado. La amenaza de Washington sobre Groenlandia y la pusilánime respuesta de la contraparte europea –ayer el indescriptible Mark Rutte, secretario general de la Alianza, evitó salir en defensa de Dinamarca– son la puntilla para una organización que hace mucho tiempo que dejó de tener sentido alguno. Siempre fue un instrumento del imperialismo estadounidense para atar en corto a Europa con el beneplácito de su clase dirigente, algo que quedó patente tras el fin de la Unión Soviética, cuando en vez de dar por finalizado su recorrido, se lanzó a una ampliación imprudente. El giro de timón de EEUU con Donald Trump deja finalmente obsoleta una estructura que nunca estuvo equilibrada. Seguir hablando de aliados a estas alturas resulta demente.

Euskal Herria nunca cayó en este embrujo militarista. La victoria rotunda del No en el referéndum de 1986, con el 60% de los votos contrarios a la entrada en la OTAN, sigue siendo un orgullo y un faro para este país. Cuatro décadas después, los partidos vascos no son ajenos a este reajuste global. Ayer EH Bildu publicó un manifiesto frente al avance del autoritarismo, mientras que el presidente del Euzkadi Buru Batzar del PNV, Aitor Esteban, calificó a Trump de Nerón del siglo XXI y sugirió pensar «seriamente» que EEUU ya no es un aliado.

Los diagnósticos de las dos principales fuerzas políticas vascas tienen puntos en común, lo cual es importante, porque un país necesita tener unas bases compartidas sobre las grandes líneas de su política exterior. Ese consenso está por construir, pero la perspectiva nacional es un principio. Evidentemente, las políticas y alianzas internacionales de EH Bildu y PNV son divergentes a la fuerza. El caso de Venezuela es el ejemplo más drástico, y la imagen de Josu Jon Imaz en la Casa Blanca, su derivada más grotesca. Pero las legítimas y lógicas diferencias no deberían hacer olvidar que una nación necesita una lectura mínimamente compartida sobre el mundo y sobre el lugar que ocupa en él. Aunque sea para debatir.

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