Valores, códigos y actitudes que hay que saber capitalizar
Las escenas vividas esta semana pasada en Ortzaize contienen todos los elementos de una historia fascinante y recogen una parte del espíritu del momento que vive Euskal Herria. Grazi Etxebehere, explicando sus razones y mostrando sus sentimientos ante la puerta de su casa antes de ser detenida, es la personificación de esa historia. Tal y como dice Arnaldo Otegi en uno de sus discursos más memorables, ella es y será parte de «lo mejor de este pueblo».
El gesto de Etxebehere, en su simplicidad, expresa lo mejor de un capital humano que está condicionado por una larga lucha, que se inscribe en una tradición política particular de la que se suelen resaltar elementos negativos, pero que contiene valores, códigos y actitudes muy valiosas para el desarrollo de una sociedad mejor, más decente, más libre y más justa.
Ese capital humano resulta inusual en el contexto europeo actual. Evidentemente, toda virtud tiene su defecto, y lo uno no puede tapar o anular lo otro. Se ha hecho daño de manera injusta, tal y como algunos han reconocido ya, aunque otros prefieran ocultarlo u olvidarlo. No obstante, subrayar lo injusto de ese daño implica asumir que también puede darse un daño justo. Por humano que sea, sería necio pensar que solo el daño que sufrimos nosotros es injusto y el que infligimos justo.
Como en todo lo humano, rara vez todo ello ha ocurrido de manera pura, como virtud impoluta o como defecto absoluto. Si empatizamos un mínimo, si somos capaces de ponernos en la piel del otro, si colocamos nuestras razones delante del espejo, veremos que esto sirve para todas las partes –con honrosas pero escasas excepciones particulares–. Se han violado derechos humanos, unas veces contra la ley y otras en nombre de esta. Se han cometido errores, no hay duda. Identificarlos, asumirlos y poner las condiciones para no repetirlos es crucial. Ese sería el mayor acierto imaginable, una de las cosas que marcará la diferencia en adelante.
Capitalizar y proyectar, no amortizar
La declaración de Grazi Etxebehere es simbólicamente muy potente. Como lo es la reacción de las gentes de Ortzaize a la detención de sus vecinos. Quienes no quieren la paz habían detenido en su pueblo a personas que la están buscando activamente, y decidieron tomar postura por estos, defenderlos. Algo sencillo que quiebra los discursos oficiales, su supuesta superioridad moral.
En el plano más personal, conmueve la defensa que hace Etxebehere de la amistad. Les pidió un favor a unos amigos, que guardasen en su casa por unos días a unas personas. Ella iba a Iruñea, a sanfermines, como solía hacer desde que salió de la cárcel por primera vez. Este año era especial, para ella y para otros miles de ciudadanos vascos. Tras décadas de segregación, este seis de julio la bandera que ella considera suya ha ondeado en el balcón consistorial con normalidad. Quería vivirlo, quería sentirlo, y tal y como contó después, fue un momento realmente especial e importante. Otra evidencia para ella de que las cosas están cambiando. Algo, dicho sea de paso, que ninguna hoja de ruta contemplaba en estos plazos.
Al enterarse de que sus amigos habían sido arrestados, Etxebehere no dudó en regresar y asumir su total responsabilidad. Gracias a este gesto ayer Mateo y Lekunberri fueron liberados en París. La lealtad, bien entendida, es otro de los valores que caracterizan a esa comunidad.
La responsabilidad personal y colectiva respecto a lo que ha sucedido y suceda en este país es una de otra de las grandes diferencias entre unos y otros en este conflicto. Así se forja una personalidad distinta, algo a lo que hay que enfrentarse con honestidad y valentía, no negar con indiferencia o complejo. Etxebehere era consciente lo que hacía cuando dio cobijo a los dos militantes de ETA. Sabía, porque así se lo confirmaron ellos, que esa organización quiere llevar hasta el final su compromiso con el desarme, y decidió ayudarles. Lo hizo como militante y, consciente de las consecuencias que ello tendrá, no se arrepiente. Una vez más, ¿de qué se debería arrepentir Grazi Etxebehere? ¿Qué daño ha hecho? ¿Dónde está aquí la injusticia?
Tras décadas de lucha, no es hora de amortizar esos valores, esos códigos, esos ejemplos. Es hora de capitalizarlos. Para ello hay que acertar a proyectarlos a futuro. Y hay que cerrar de manera ordenada esta fase, en lo parámetros que establece la Conferencia de París. El camino lo marcan una valiente enfermera jubilada de Ortzaize y sus vecinos, ni mandatarios cobardes e irresponsables ni los teólogos del relato de «vencedores y vencidos».