David Pérez Sañudo
Cineasta

David Pérez Sañudo da el salto al largometraje de ‘Ane’ (New Directors), una película en euskara sobre conflictos e incomunicación a través de un retrato de mujer (una impresionante Patricia López Arnáiz), con un conflicto social de fondo: las obras del TAV. Este bilbaino arranca fuerte.

«Una gran obra de ingeniería civil como el TAV se hace para comunicar pero también genera incomunicación»
Amaia Ereñaga|2020/09/20
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David Pérez Sañudo. (Marisol RAMIREZ / FOKU)

«Para mí el euskara es una lengua de estudio y un reto también, de alguna manera, autoimpuesto. Y también un deseo»

«La idea de progreso me parece algo bastante relativo y cuestionable, porque ¿que es progreso? En el siglo XX hemos llenado de coches las calles y ahora nos damos cuenta de que las aceras son estrechas»

«Respecto al Alarde, la tradición, en general, puede ser muy cuestionable. Además, que no siempre nuestra tradición tiene que ser el bien universal; al menos, hay que ponerle un interrogante»

Este es un momento especial, puede que hasta crucial, para David Pérez Sañudo; no en vano ha pegado el salto de los cortometrajes –de hecho, el último, ‘Un coche cualquiera’, sigue recogiendo premios en su ruta por los festivales internacionales– a trabajos más grandes, con mayor presupuesto y, evidentemente, mayor proyección. Un ejemplo de ello son los dos que se proyectarán en esta 68 edición de Zinemaldia: por un lado, su primer largometraje, titulado ‘Ane’ (su primer pase, a competición en la sección New Directors, es este domingo), un proyecto muy personal y en el que se ha involucrado también como coguionista y coproductor; por otro, un encargo en forma de serie de televisión, titulado ‘Alarde’, y que seguro dará que hablar. Con el Alarde es inevitable.

Por cierto, que la serie para ETB1 protagonizada por Itziar Ituño, y de la que se podrá ver en Donostia un avance de un par de capítulos, la pandemia del Covid-19 le pilló en pleno rodaje. Algunos del equipo, como la propia actriz protagonista y el director, cayeron enfermos, y de aquella época extraña también hablamos con David Pérez Sañudo.

Viene a Donostia con no uno, si no dos proyectos. ¿Cómo lo afronta: es como pasar un examen o como recoger los resultados de lo hecho hasta el momento?
No tengo una manera de compararlo, porque es la primera experiencia en el formato largo. Pero, de alguna manera, sí que es muy excitante y da un poco de miedo, porque es muy novedoso. Me imagino que habrá de todo un poco.

Tanto ‘Ane’ como ‘Alarde’ están rodados en euskara... aunque para la entrevista ha preferido el castellano...
Es por algo muy sencillo: no tengo las mismas herramientas. Aunque he pasado mucho tiempo fuera, llevo en Gasteiz desde 2012, pero con idas y venidas: estuve un París un tiempo, otro en Madrid… Para mí el euskara es una lengua de estudio y un reto también, de alguna manera, autoimpuesto. Y también un deseo.

Patricia López Arnáiz, quien interpreta a Libe en ‘Ane’, es todo un descubrimiento. Su personaje [una madre separada que trabaja de servicio de seguridad en las obras del TAV y cuya hija adolescente se escapa] es una especie de madre coraje; aunque un poco desequilibrada, eso sí. Todas las mujeres de la película son personajes fuertes, más que los hombres.
Creo que ha habido un un aprendizaje colectivo en este sentido, y no lo digo por sumarme a la moda, porque ahora mismo reconocer a las mujeres o posicionarlas en ese lugar destinado al hombre no tiene ya ningún valor, porque deberíamos haberlo aceptado todos. Pero sí que es cierto que me siento bastante cómodo ahí, quizás por las mujeres que tengo cerca, por mi madre…

Es ese tipo de mujer vasca, tan del país, que funciona sin filtro alguno.
(risas) No hay decoro en sus respuestas. Yo creo que es un tipo de persona que tiene el sentido de la justicia muy alto para determinadas cosas, pero para otras no. Y sobre todo son iguales, madre e hija. Lo que hace la hija es un llamado de atención hacia su madre todo el rato. Porque su madre ha sido así y su madre ha sido ella.

Es que hay muchas capas en la película. Por un lado, la que se ha destacado en el cartel promocional, donde se pregunta: «¿Conoces a tu hija?». La madre, y el padre también, no saben nada de su hija, de dónde anda metida y de lo que piensa. Es la incomunicación intergeneracional total.
Totalmente: son personajes espejo. A nosotros nos gusta decir que hay un contexto que podía ocurrir en cualquier lado, pero ocurre aquí. Hay una imagen que a mí siempre me ha sacudido mucho, y también a Marina [Marina Parés, la coguionista]: Cuando hay una gran obra de ingeniería civil, sea una autopista o una vía de tren como es este caso, el objetivo es unir dos puntos pero, al mismo tiempo, separa dos márgenes, dos espacios. Es decir, que lo que se hace para comunicar, genera también una incomunicación. Eso, por ejemplo, en las grandes capitales se ve muy fácilmente; por ejemplo, en Madrid la M30 es una línea de contención de los pobres, que separa el barrio de Salamanca de Vallecas. Y dices, ¿qué comunicamos realmente? Siempre ha sido un planteamiento que me ha resultado curioso. Yo creo que, como imagen, para hablar de la incomunicación es interesante, seduce mucho.

El tono en el que se desarrolla ‘Ane’ es el conflicto, situado en una época muy concreta: el año 2009, con sabotajes y fuertes protestas contra el TAV. También está el ambiente de los gaztetxes; por cierto, se ha rodado en Errekaleor.
El conflicto todavía permanece de distintas maneras. Si uno se aleja un poco, que a mí es lo que más me interesa, es un conflicto totalmente universal... y claro que nos toca, como en muchos otros lugares. Pero sobre qué ponemos la idea de progreso me parece algo bastante relativo y cuestionable, porque ¿que es progreso? En el siglo XX hemos llenado de coches las calles y ahora nos damos cuenta de que las aceras son estrechas... Es un sin sentido. Yo vivo en Salburua, un barrio nuevo de Gasteiz con mucha VPO, y realmente ahí hay una zona donde pasa el tren y donde yo pienso mucho en la gente mayor: para ir un punto a otra manzana la gente tiene que dar un rodeo tremendo, y siempre me pregunto si eso misma pasa en el centro de la ciudad. En el centro se soterra y encima harán edificios, que es el planteamiento para el TAV de Gasteiz, mientras que en el barrio periférico, donde hay otra clase social...

Un proyecto que nos iba a unir con Europa, y 12 años después mira dónde estamos.
Totalmente. Es un conflicto muy universal y que toca a muchos lugares. En mi caso, la familia de mi aita es de Orense, y yo toda la vida recuerdo el conflicto familiar causado porque querían expropiar la casa de toda la vida de la familia para hacer una carretera, algo que finalmente no se hizo. Pero realmente pasaron veinte años angustiados. Entiendo que hay que buscar un equilibrio, pero también que es muy cuestionable por las formas en las que se hacen las cosas.

En ‘Ane’ es director, coguionista o productor. ¿Cómo ha sido el proces: muy doloroso?
Sí que ha sido doloroso. Pero formo parte de una productora con grupo de gente y yo solo soy uno de los componentes. Esto me da cierto pudor. Claro que ha sido muy duro, y que son 4-5 años de trabajo, pero eso del hombre renacentista no lo comparto mucho.

Son cuatro años de trabajo que han quedado reducidos a cinco semanas de rodaje.
Creo que lo más doloroso es el poco tiempo de rodaje, que es excesivamente poco y se le notan las costuras del bajo presupuesto, de las cosas más modestas. Es una sensación un poco ambigua: por un lado, no puedes quejarte, porque has hecho una película y hay gente que no ha podido hacerla, pero, por otro lado, piensas que por una vez que he podido hacerla... es un sufrimiento absoluto.

Cuando nos sentamos en la butaca nos damos cuenta del trabajo que tiene una película por detrás.
De alguna manera hablamos mucho de esto, somos un poco pesados con la etiqueta de subsidiarios: de ser esa especie de gente a la que Cultura le da unas limosnas. Pero nunca se termina de entender que esta es una industria cultural que más allá de la visibilidad de los actores e incluso de los directores: que hay técnicos, que hay carpinteros, que hay transportes, que hay logística, que el arte cinematográfico se desarrolla de muchas maneras y en muchas vertientes. Y yo tampoco soy muy partidario de los objetivos planteados en las últimas décadas, en el sentido de que se cree que «si se ruedan películas, la gente vendrá a visitarnos». Pero el turismo no es el objetivo único, sino el de hacer un retrato de un lugar. A mí lo que me fascina es ver una película de hace 20-30 años y ver, por ejemplo en el caso de Bilbao, un espectacular retrato de la Margen Izquierda, por ejemplo, o de Donostia, y ver cómo ha cambiado el espacio. A mí ya solo ese testimonio en sí me parece suficiente como para que se tenga al menos un cierto interés en hacer un retrato visual de nuestro territorio.

El rodaje de ’Alarde’ coincidió con el inicio del confinamiento. Hubo muchos nervios, como todo en esa época, actores como Itziar Ituño contagiados, la denuncia pública de la Unión de Actores contra la productora y ETB. ¿Qués lo que pasó realmente?
Lo que pasó es que el martes [se refiere la semana de marzo en la que se terminó decretando el cierre de las escuelas y el confinamiento] la realidad cambió muy rápido, tanto que recuerdo conversaciones con el equipo de «¡A ver si no nos cierran|». El miércoles ya era diferente; el jueves la sensación era que sí, que igual pasaba algo muy gordo, y el viernes seguíamos rodando, aunque tampoco fuimos los únicos. La gente ya empezaba a comprar víveres en los supermercados y la sensación en el rodaje era un poco extraña. ¿Qué pasó realmente? Pues no lo sé. Hubo casos de Covid-19, yo también lo pasé, pero tampoco fue que «estamos enfermos y seguimos trabajando», porque eso no es verdad. Puede que estuviéramos enfermos, pero no se detectó en el rodaje, en mi caso. Yo tuve los síntomas el domingo o el lunes, no recuerdo bien. Estás en un rodaje e, imagínate, pasas fuera de casa 13-14 horas. Nosotros, además, empezamos rodando en hospitales, y empezaron a decirnos que no podíamos rodar allí. Estábamos como dando bandazos, buscando localizaciones en Orduña, que no pillaba excesivamente cerca de nadie del equipo. Te pasas 13-14 horas fuera de casa, vas de día a día, de pronto te encuentras que el viernes te dicen que van a cerrar Gasteiz, que igual hay controles… Pero sí fue desagradable, la verdad.  También que hay una serie de decisiones en cadena y para cuando te llegan a tí… Digamos que la frialdad que tenemos ahora para analizar las cosas no es la que teníamos aquel momento.

Sobre ‘Alarde’: es un tema conflictivo, incluso diría que más que el TAV, porque mueve cosas más en las entrañas de ciertos sectores. ¿Se va a mojar?
¿En qué sentido?

¿El punto de vista es a favor del mixto o del tradicional?
El punto de partida es, para mí, muy diferente del de ‘Ane’. Porque a ‘Alarde’ llego porque es una creación de Virginia Llague con una serie de guionistas. Para mí es un encargo, con todo lo que implica y también con la aceptación de lo que ello implica: yo lo hago porque quiero hacerlo. La posición es pro Alarde mixto, sin ninguna duda, pero también es cierto que ocurre en un lugar de ficción. Más allá de eso no sé qué más decir, porque para mí es una ficción televisiva que la he afrontado como una primera oportunidad de trabajar en la televisión como realizador. ¿Que levante ampollas? No se ha hecho pretendiendo herir a nadie, eso lo digo por mi parte y por la del equipo, pero intuyo que, como producto, hay quien lo viva más de cerca o como algo más pasional.

Tampoco soy de allí, me cuesta verlo con ese grado de implicación, pero también entiendo que no es solo aplicable al alarde, porque creo que la tradición, en general, puede ser muy cuestionable... Pongo un ejemplo, más general o más sencillo: la que se montó con Carmena, cuando los Reyes Magos en Madrid fueron mujeres. De repente, hubo mucha violencia política e institucional. No son casos comparables, pero entiendo que a quien le pille de cerca se pueda sentir herido. Además, que no siempre nuestra tradición tiene que ser el bien universal. Creo que al menos hay que ponerle un interrogante. En general, las distinciones por historia o por decreto en el sentido de que el hombre puede y la mujer no, me resultan cuanto menos negociables.

Se estrena como director de largometrajes en el 2002, en un annus horribilis. ¿Cómo ve el panorama de ahora en adelante? ‘Ane’, por ejemplo, llega a los cines en una época no buena para las salas de cine.  
Para una película como ‘Ane’ creo que no hay época buena en el sentido comercial de la palabra. Y no es porque sea en euskara, sino porque es la historia de una madre, una historia de mujeres y, como otras historias de mujeres que han pasado por Zinemaldia en los últimos años, también tiene dificultades para conseguir seducir al público. No sé por qué, cuestan un poquito. Dicho esto, el momento es especialmente cruel. Lo único que espero es conseguir el derecho a seguir trabajando, a nivel personal.

Parece que, con proyectos como ‘Alarde’, en ETB hay una apuesta por la producción que tenía abandonada. Igual es que le han visto las orejas al lobo y se han dado cuenta de que la producción propia gusta, ahora que con el confinamiento todos nos hemos pasado a cadenas como Netflix y HBO.
Este debate es exigente a muchos niveles, porque esto también es una cuestión no sé si nacional pero sí imperialista. Evidentemente el punto de vista norteamericano y la globalización, desde el punto de vista estadounidense, es una realidad. Yo creo que ETB debería tener un papel fundamental, lo mismo que cualquier cadena pública. También es peligroso pensar que el éxito de una serie al ser exportada a Netflix es el logro absoluto y, cuando queda en un terreno más nacional, local o regional o lo que sea, deja de tener valor. Yo tampoco estoy de acuerdo es eso. Para que exista ‘Salvar al soldado Ryan’ tiene que haber ‘American Pie 2’: todos los títulos hacen industria y hay mucho espacio para contar historias.









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