Un pacifismo a la altura del momento y del país, sin reproches vacíos, con fundamentos
Tal y como resumió el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, «por primera vez en más de medio siglo, nos enfrentamos a un mundo sin límites vinculantes para los arsenales nucleares estratégicos de los dos Estados que poseen la abrumadora mayoría del arsenal mundial de armas nucleares». New Start era el último tratado de control de armas nucleares entre EEUU y Rusia, y ha expirado esta semana.
El pacto, firmado en 2010, limitaba a un máximo de 1.550 ojivas desplegadas y 700 sistemas de lanzamiento por país. Partía de un esquema de reducción de arsenales y establecía mecanismos de verificación y transparencia, que ahora han decaído.
En paralelo a las conversaciones sobre Ucrania en Abu Dhabi, ambos países han acordado esta semana reanudar el diálogo militar de alto nivel. En este contexto, prevén otro pacto sobre armamento nuclear.
No obstante, Donald Trump quiere vincular a China, mientras Vladimir Putin desea implicar a los países europeos con arsenales –Gran Bretaña y el Estado francés–. Esos países rechazan las presiones y aclaran que sus arsenales son incomparables a los de EEUU y Rusia, que suponen el 80% del cómputo global. Luego están los países con armas que se resisten a todo control y compromiso, como Israel o Pakistán.
En resumen, cuando un mundo más multipolar debería encaminarse hacia la prohibición de la armas nucleares, tal y como sostiene la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN), el riesgo de crisis nucleares se ha disparado.
Un pacifismo vasco, honesto y realista
Uno de los efectos ideológicos de esta fase geopolítica, con la reconversión imperialista que promulga sobre todo la Administración Trump, es que toda escala menor al continente parece inútil. Igual que sucede con el fatalismo, ese mecanismo ideológico empuja a la inacción. Es un error inducido; cada cual debe actuar políticamente allá donde se sitúa.
¿Qué puede hacer un país diminuto y dividido –a la vez que privilegiado en el orden social global– como Euskal Herria? Tomar partido y alzar la voz, establecer un consenso político como postura de país. ¿En qué parámetros? En clave pacifista, por supuesto. Para eso, sin duda, habrá que reflexionar sobre qué pacifismo pueden defender las instituciones y la sociedad vasca con rigor, convicción y eficacia.
En todo el mundo ha existido una clase de pacifismo que en realidad era el carril social de una estrategia contrainsurgente. Era un pacifismo de trinchera. Por otro lado, se promovía un pacifismo ecuménico, que tenía una sensibilidad extrema con las violencias lejanas y una indisimulada ceguera sobre lo que pasaba en su portal o bajo su responsabilidad.
En general, se formulaba el pacifismo más como una visión moralista que como un proyecto político, se ignoraban las relaciones de poder, se naturalizaba la violencia intrínseca al statu quo y se primaba un idealismo que no respondía a los conflictos reales.
Euskal Herria puede adoptar un pacifismo que represente al país, conjugando compromiso institucional e impulso social contra las guerras, por la desmilitarización y por los derechos humanos. Que encauce la solidaridad masiva y se sume a campañas buenas. Que desde Europa defienda la soberanía y la multilateralidad. Que dé testimonio y, con autoridad, reivindique la resolución dialogada de los conflictos.
La sociedad vasca ya conoce las quejas y reproches de unos y otros para no entrar a este debate. Sin embargo, cada familia política vasca tiene genealogías pacifistas a las que referirse. Lo que piensan del resto, es sabido. Uno de los efectos perversos de la batalla del relato es que inhibe la oportunidad de avanzar en acuerdos serios que sitúen mejor al país. La nostalgia, el agravio y quedarse mirando son la peor opción.