Los efectos del cambio climático son cada vez más incontrolables. Una buena prueba de ello son los incendios forestales. Habíamos visto incendios pavorosos en muchas partes del mundo, pero ahora están ya aquí, en la península ibérica, que este verano ardía por los cuatro costados con fuegos que se propagan sin control y, durante muchos días, arrasando extensiones de bosque cada vez mayores y, con ellos, los animales domésticos, y amenazando seriamente a los pueblos de su entorno que, junto a la pérdida irreparable de su flora y su fauna, ven rodeadas sus casas y monumentos. Se habla de incendios de sexta generación, incontrolables y capaces de crear sus propios microclimas. Por eso es cada vez más extendida la creencia de que los incendios no se apagan solo dotando de más y más medios de extinción a las brigadas encargadas, sino que se apagan en invierno, manteniendo los bosques limpios, evitando así la acumulación de combustible que arde de forma incontrolable. Y para ello, un método ecológico eficaz y barato es la introducción en los entornos rurales de animales que lo mantengan en condiciones, principalmente burros, pero también ovejas o cabras. Es lo que se llama ecopastoreo. Viene a cuento esta digresión a que hace más de 10 años, gobernando EH Bildu en Donostia, se introdujo en el parque más grande de la ciudad, el de Ametzagaña, un rebaño de 15 ovejas y su pastor para mantener dos hectáreas por este sistema. Era un proyecto experimental que fue combatido por la oposición y su prensa afín hasta ser la primera medida revocada por la nueva corporación, especialmente por la actual delegada del Gobierno en la comunidad autónoma Marisol Garmendia. Se hicieron todo tipo de chistes con mentalidad kaletarra y de desprecio del mundo rural: desde que Bildu pretendía convertir una ciudad tan elegante y glamourosa en un caserío, que pretendía poner vacas en la Concha o plantar lechugas en los jardines, y ahora resulta que es un medio adecuado, junto con otros, para combatir los efectos imparables del cambio climático. Vivir para ver.