En Euskal Herria, los «montajes policiales» se conocen bien. La Policía española y la Ertzaintza los han utilizado durante años para encarcelar a militantes políticos, activistas sociales y jóvenes independentistas. La clave de los procedimientos, incluso para ilegalizar formaciones políticas, era una supuesta colaboración con ETA en una alucinante teoría de que cualquier trabajo político o social, de izquierdas e independentista, estaba estructurado dentro de ETA. El «todo es ETA» del juez Garzón se hizo tan famoso y fue tan falso como los «comandos Y» que inventó el señor Atutxa en sus años al frente de la Consejería de Interior. Lo lógico es pensar que, al desaparecer la organización armada, esos «montajes» pasarían a la historia. Pues no. Este mes, la Audiencia Nacional ha decretado la prisión provisional de dos jóvenes, Malen y Aratz, por su supuesta condición de terroristas. Las razones responden a un relato incomprensible de zulos y armas que no existen y a una documentación propia de archivos con los que escribir un libro o filmar una película sobre la memoria. La decisión de la AN podría calificarse de esperpento si no fuera por la gravedad de las consecuencias, lo oscuro de las intenciones y por las fake news, difundidas a gusto del fascismo más casposo.