Anjel Ordóñez
Anjel Ordóñez
Periodista

Big Pharma

Son los principales exponentes de lo que se ha dado en llamar Big Pharma, la gran industria de los medicamentos
que la pandemia ha puesto en el punto de mira de una sociedad al borde de la desesperación

El pasado martes, las acciones de Pharmamar subieron un 21% en el parqué madrileño (en lo que va de año se han revalorizado casi un 50%). Ese mismo día, la farmacéutica de origen gallego había anunciado que su antiviral “Aplidin” reduce casi al 100% la carga viral de la covid-19 y, de hecho, la revista “Science” ha publicado un artículo que sostiene una gran eficacia del medicamento en ratones. Al parecer, la comunidad de roedores, con Pixie y Dixie a la cabeza, lo está celebrando por todo lo alto y sin respetar las restricciones. Ya no hace falta.

Pero vamos a los mercados. Pharmamar es, en realidad, el botones de las farmacéuticas. Sus 1.900 millones de capitalización bursátil son pecata minuta si se comparan con los 445.000 millones de Johnson &Johnson, los 200.000 de Novartis, los 199.000 de Pfizer, los 197.000 de Merck & Co, o incluso los 99.000 de Astrazeneca. Son los principales exponentes de lo que se ha dado en llamar Big Pharma, la gran industria de los medicamentos que la pandemia ha puesto en el punto de mira de una sociedad al borde de una desesperación que choca de frente con el muro que cierra la salida del túnel: la vacunación. En una entrevista que publicaba la semana pasada este periódico, el profesor Cristian Castillo, experto en operaciones logísticas, decía que «a este ritmo, vacunar al 100% de la población en el Estado español llevaría cinco años». Desolador.

Tan desolador como que en el enfrentamiento entre la Unión Europea y Astrazeneca por el incumplimiento de la anglosueca de los acuerdos para el abastecimiento de vacunas, el Consejo Europeo se vaya a conformar con poner límites a la exportación, cuando el artículo 122 del Tratado de la UE le otorga poderes especiales para intervenir la producción de la compañía, imponer la subcontratación o incluso obligar a los laboratorios a compartir sus conocimientos, liberando la propiedad intelectual.

Nos mean y dicen que llueve. En nombre de la salud, no dudan en recortar los derechos fundamentales de los ciudadanos, mientras los privilegios de las grandes corporaciones siguen siendo tan sagrados como siempre. Y claro, a quien se sale del renglón, receta de foam.

Nuevos problemas, soluciones viejas.

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