En el calendario de la tradición cristiana, la jornada de hoy aparece en letras mayúsculas: es el Día de los Fieles Difuntos. No confundir con el Día de Todos los Santos, también mayúsculo y muy católico, que fue ayer. Y anteayer vivimos, entre disfraces y calabazas, Gau Beltza, una celebración recién rescatada con notable éxito del fondo del baúl del ancestro vasco. Una salsa de eventos a la que, nos guste más o nos guste menos, se añade Halloween, artículo de importación que lleva ya muchos años dando la paliza con la matraca del truco o trato. 2.000 años atrás. Estamos a las puertas del invierno. Las cosechas están ya guardadas y nos preparamos para una larga temporada de bajas temperaturas y luz tenue en el ambiente. Casi olvidado queda el trasiego que comenzó con la siembra en la primavera, siguió con los trabajos del verano y se cerró con las cosechas del comienzo del otoño. Toca ahora bajar las pulsaciones, meterse en casa para no mojarse y dedicar más tiempo a labores más espirituales, más íntimas. Nos acordamos, primero, de los que se han ido. Nos preguntamos dónde estarán, y por ese oscuro camino, acaso con un par de vasos de sidra o de vino en la mano, nos adentramos con temor en el proceloso mundo de lo inmaterial. Es el germen de las tradiciones paganas y de los ritos. Pero también el de las religiones. De ese fermento nacen los espíritus y las ánimas, los fantasmas y las brujas, tartalos y gauekos. Por eso encendemos argizaiolas y vaciamos calabazas, por eso colgamos eguzkilores. Por eso, cuando el dueño del caserío fallecía, había que comunicárselo con rapidez a las abejas en su colmena, para que fabricasen más cera con la que alumbrar la sepultura familiar: «Erletxuak, erletxuak, egizute argizaria, nagusia hil da-ta, behar da elizan argia». Son otros tiempos. La mayoría no sabemos sembrar una patata, podar una vid ni recoger miel. Cosechamos en el supermercado. Pero, a pesar de todo, cada año y en días como este, seguimos con el mismo runrún: ¿dónde están los que se han ido?