Nunca he entendido, aunque han tratado de explicármelo sin éxito, la extraña preferencia de algunas personas por devaluar su propio nombre hasta reducirlo a iniciales. J. D. Vance, vicepresidente de los Estados Unidos, advertía la semana pasada al Papa León XIV (este ni siquiera se llama León, sino Robert Francis Prevost) que «es muy importante que tenga cuidado cuando habla de teología». A ver. El Santo Padre, por el formidable eco que tienen sus palabras, deberá andar con mucho tiento cuando trate de asuntos tan delicados como la gastronomía, el fútbol o incluso la política, pero si sobre algo puede sentar cátedra es sobre teología. Es su tema. Si se lo quitas, lo dejas desnudo.Parece que a Trump no le van demasiado bien las cosas. La compleja ingeniería de su plan para conquistar el mundo hace aguas, y eso que solo acaba de empezar. Siempre he defendido que detrás de esa cuidada imagen de excéntrico lunático se esconde una fina y elaborada estrategia para confundir al enemigo, una farsa hiperbólica de chiflado con escopeta que dispara en todas direcciones, pero que solo atina donde realmente le interesa. Como el mono con cascabeles que baila distraído y te hace reír, pero que, cuando te descuidas, te ha robado el sombrero, el bolso y hasta el paraguas. En mi época de boomer decíamos: «Tonto, tonto; mierda, mierda». ¿Les suena? Pero no sé. Últimamente me estoy replanteando mi postura al respecto. ¿Y si no hay nadie al volante? ¿Y si realmente solo es un chalado inestable y violento con aires de grandeza? De grandeza superlativa, eso sí, porque sus aspiraciones han ido subiendo como la espuma: primero rey de América, luego emperador del mundo y ahora redentor y dios del universo. Un Cristo con pistolas. Sigo en modo boomer. ¿Se acuerdan cuando, en el patio del colegio, el dueño del balón era portero, delantero, entrenador y también árbitro? Hasta ahora, Trump ha ido dictando quién juega y quién se queda mirando. Lo inquietante vendrá cuando decida que se ha terminado el partido. Mierda, mierda.