Suele pasar desapercibido que existe un vínculo histórico muy estrecho entre Estados Unidos y la política interna del Estado español. La relación con la potencia americana ha tenido un peso enorme en diversos momentos. En ocasiones, incluso, ha decantado a la opinión pública y decidido elecciones. La guerra de Cuba es el evento fundacional de esta obsesión, cuando los intelectuales españoles identificaron en el Tío Sam la némesis de su malogrado imperio.La gran singularidad ibérica respecto a sus aliados continentales radica en que, sea más o menos verdad, tras el desembarco de Normandía, las viejas democracias europeas percibieron a EEUU como su salvador frente al nazismo. Esta lógica continúa imperando hoy en la UE. En cambio, para los pueblos que sufrieron a Franco y a Salazar, EEUU representa lo contrario: es la potencia que lo permitió. Existe una memoria colectiva que sigue marcando la divergencia de percepción entre el norte y el sur de Europa. Además, la relación con Washington fue un eje de debate fundamental durante la Transición, y se intensificó durante el primer gobierno de González: «OTAN de entrada no», «bases fuera». Años después, Aznar volvió a apostarse su Gobierno en las Azores, con una guerra de Irak que marcó políticamente a toda una generación. La relación con EEUU fue igualmente crucial para Zapatero, el presidente que llegó con el «no a la guerra» y se marchó propugnando una incomprensible «Alianza de Civilizaciones». Pedro Sánchez ha vuelto a activar ese nervio histórico dormido mediante su calculado antagonismo con Trump. La posición de este Gobierno ante la agresión ilegal y majadera contra Irán es presentable, algo que no puede decirse de gran parte de la UE. Si esto sirve para cohesionar al votante progresista en favor de Sánchez, lo celebro. Pero una advertencia: la historia demuestra que este tipo de estrategias funcionan, pero solo en la medida en que representen una toma de posición de fondo y no únicamente una maniobra electoralista.