Hay quien insiste en separar, como si fueran categorías excluyentes, una crisis humanitaria y un problema de seguridad. Pero la realidad es que muchas veces van juntas. La semana pasada murieron un centenar y medio de migrantes al intentar entrar en Ceuta. Una tragedia humana devastadora que obliga a dirimir responsabilidades para que nunca vuelva a ocurrir. Al mismo tiempo, se produjo una entrada masiva de personas, alentada o al menos tolerada por Marruecos. El episodio deja un aviso claro sobre la capacidad de un país de la frontera sur de Europa para desestabilizar al conjunto de la UE. Las trágicas muertes y el inmoral aprovechamiento político de quienes desean escapar de la miseria merecen la misma atención. Del episodio surgen dos convicciones que pueden parecer opuestas pero no lo son. La primera: el régimen de fronteras creado por la UE y externalizado no solo es criminal, sino también una debilidad geopolítica. La segunda: las democracias europeas deben prepararse para sucesos como el de Ceuta, donde la mano de Marruecos es evidente, pero donde también se entrevén los intereses de sus aliados Netanyahu y Trump. El objetivo declarado de la internacional reaccionaria es provocar un cambio de régimen en Europa y lo intentará con todas las armas disponibles. Por ejemplo, moviendo sus hilos en la frontera. Por eso, ahora que han pasado unos días, la crisis de Ceuta se convierte también en una pregunta dirigida a las extremas derechas europeas, empezando por Vox. Cuando Marruecos alienta el salto de la frontera de miles de personas desvalidas, ¿con quién están ellos? ¿Con sus amigos Trump y Netanyahu, que protegen al régimen marroquí? Y si el ataque escalara y pusiera en jaque la soberanía de Groenlandia, de aguas atlánticas o de enclaves españoles, ¿qué intereses defenderían? La democracia se mide en Ceuta y nadie ha estado a la altura del reto. Pero la extrema derecha ha dejado ver más contradicciones que nadie.