Arturo Puente
Arturo Puente

La Diada de la pereza

La apuesta institucional hacia el pragmatismo ha sido forzada por la necesidad, pero carece de las bases mínimas, políticas y materiales, para convencer sinceramente a algún independentista.

El humorista Marc Sarrats hizo esta semana un afortunado gag en TV3 en el que comparaba la manifestación de la Diada de este año con cenar acelgas, para concluir que lo segundo hace más ilusión. Tiene gracia porque es acertado termómetro del estado de ánimo político en las calles de Catalunya. Este año, acelgas. La mani es algo que echarse a la boca y seguramente los independentistas se sienten a cenar, pero es difícil disimular la desgana.

El independentismo catalán está definitivamente en el diván. Lo venía estando desde octubre de 2017, cuando comprobó los límites de su última y más fuerte intentona, pero la pandemia primero y los indultos después lo han acabado de desarmar. Hay razones de fondo para este momento de desencantamiento. La apuesta institucional hacia el pragmatismo ha sido forzada por la necesidad, sí, pero carece de las bases mínimas, políticas y materiales, para convencer sinceramente a algún independentista.

Es evidente que la Generalitat no tenía nada que ganar desde la posición pseudoinsurreccional o manteniendo alta la espada, pero es igual de claro que tampoco rascará bola en la viciada dinámica de la negociación autonomista. La normalización de las relaciones con el Estado no puede comportar nada demasiado vistoso: ni más competencias, ni más financiación, ni más inversiones, ni siquiera una posición de influencia política digna de tal nombre en Madrid. Y, para muestra, el culebrón de la ampliación del aeropuerto de El Prat, en la que Catalunya podía perder, perder mucho o no ganar nada.

Esto ocurre por muchas razones, pero la principal es el agotamiento del modelo autonómico y, más en general, la incapacidad de la actual configuración del Estado para satisfacer las nuevas demandas de amplias capas de la población, cosa que tiene que ver con el autogobierno pero no solo. Es justo el diagnóstico que el independentismo ya había hecho hace una década y que lo catapultó socialmente. Los independentistas vuelven del largo viaje del procés y encuentran... exactamente lo que dejaron. Normal que todo les dé pereza.

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