Las personas que se dedican o siguen muy de cerca la política tienden –tendemos– a pensar en términos relativos. Las cosas son lo que le parecen al que mira y, por tanto, tienen el valor que les damos, no el que tienen por sí mismas. Y esto es así la mayoría de veces, con la mayoría de los acontecimientos. Con la excepción de los hechos que tienen tanta magnitud que dividen épocas y quedan en la memoria colectiva por lo que son. No sé si lo llegará a ser, pero la durísima condena que esta semana ha caído por corrupción contra José Luis Ábalos tiene hechuras para convertirse en un acontecimiento político de primer orden. Que hay una guerra judicial contra el PSOE está fuera de toda duda. Se hubiera agradecido esa poca duda por parte del PSOE cuando la guerra iba contra Podemos, soberanistas, independentistas catalanes y vascos, por citar unos cuantos. Aceptemos como probable que a Ábalos han ido a buscarle. Pero no podemos abstraernos de lo que le han encontrado. La corrupción que demuestra la sentencia es gravísima, ocurrió para enriquecerse y se hizo gracias a material sanitario, en plena pandemia. Es una práctica absolutamente execrable que ocurrió con un superministro de total confianza del que hoy aún es presidente del Gobierno. ¿Cómo deja esto a Sánchez? En mi opinión, gravemente tocado. Que todo esto ocurra en tu Consejo de Ministros es fuerte, pero más aún lo es que las medidas para limpiar hayan sido prácticamente nulas. Si Sánchez cree que el victimismo de vivir bajo el lawfare hará que la sentencia de Ábalos se borre, volverá a equivocarse. Pero la reflexión ya no puede ser en términos particulares del PSOE, sino como esta pesada mochila de corrupción afecta al conjunto del bloque democrático que deberá medirse en menos de un año en la batalla del siglo contra la extrema derecha. ¿De verdad alguien considera que Sánchez es el más indicado para liderar esta guerra? Hacer elegir al electorado entre corrupción o nazis es una temeridad histórica que ni todo el relativismo del mundo puede rebajar.