Que Viktor Orbán perdiera el pasado domingo las elecciones de Hungría es un éxito, lo mires por donde lo mires, para cualquiera que no apoye a Orbán. ¿Por qué diablos hay que recordar este principio tan básico? ¿Por qué han acabado teniendo tanto peso en las izquierdas los sectores que tuercen el morro cuando otros se alegran de una cosa tan de cajón? ¿Por qué el mal humor, el «sí, pero» y el cinismo tienen que aguar algo bueno?Quienes el domingo celebraron los resultados de Hungría no son pobres incautos. Saben quién es Péter Magyar y cuáles son las contradicciones de su llegada al poder. Nadie cree que ahora todo el monte será orégano en Hungría, ni que el gobierno de una escisión de Orbán vaya a ser revolucionario. Y, pese a todo, muchos vemos una buena noticia cuando el candidato de Trump y de Putin, el hombre que había recibido el apoyo de toda la ultraderecha global y el financiador de Vox, se da una torta. La crítica contra el «malmenorismo» es legítima. Hay que estar vigilantes para que el ascenso de la extrema derecha no justifique cheques en blanco a cualquiera que se reclame rival. Sobre todo porque el antídoto contra la extrema derecha implica llevar a cabo programas valientes de transformación, no ganar tiempo con copias descafeinadas. Pero la realidad es tozuda y, en una situación como la húngara, la primera condición para cualquier otra cosa era la derrota de Orbán. Propongo que los centinelas del «malmenorismo», aquellos que no nos dejan celebrar en Budapest porque Magyar es muy malo –que seguramente lo es– reflexionen sobre su papel en las últimas elecciones norteamericanas. Se pasaron meses pregonando que Trump era igual que Biden y que Kamala. Que ante un dilema con dos malas opciones, tanto daba. Es más, incluso se atrevieron a decir que Trump al menos garantizaba unos EEUU menos agresivos hacia el exterior. Hoy, pueden preguntarle al propio Nicolás Maduro si no hubiera elegido el mal menor.