Uno de los análisis que ganó popularidad después del intento de invasión de Ucrania por parte de Rusia, hace ahora cuatro años, fue el de la vuelta a un mundo similar al que salió de la Segunda Guerra Mundial. La teoría intuía un regreso al poder bipolar, o tripolar si se incluía a China, con disuasión nuclear mutua. El ataque de EEUU a Venezuela y el secuestro de su presidente clarifica bastante más las cosas y nos habla de un mundo que poco tiene que ver con el del siglo XX tras Núremberg, y mucho más con el del siglo XIX tras el Congreso de Viena. El nuevo mapa geopolítico lo dibujan hoy diversos halcones mundiales, de Trump a Xi, de Netanyahu a Erdogan, de Putin a Modi. Líderes de unos Estados que buscan actuar como imperios con esferas de influencia. Contra la intuición heredada del siglo XX, lo que hemos aprendido en estos últimos años es que un mundo sin reglas no lleva al choque de potencias, sino a uno donde cada grande se come a su pequeño sin que nadie le moleste. Por eso, una actuación como la de Rusia en Ucrania no se convirtió en un «casus belli» para la potencia rival, sino casi en lo contrario; una especie de permiso para que EEUU haga lo que le dé la gana en América. El genocidio en Palestina corre la misma suerte. China no tiene prisa con Taiwán, pero ahora Xi tiene muchas más opciones para avanzar en el sueño de Una Sola China. Vuelve el mapa de los viejos imperios coloniales. No del neocolonialismo que se ejecuta a través del capitalismo, aunque también, sino el de las áreas de influencia político-militar. La tarta del planeta se reparte en una mesa en la que, como mucho, comen media docena de líderes. El papel de Europa en este nuevo escenario es aún una incógnita y, su definición, depende en buena medida de que los europeos entendamos las reglas del juego. Y la primera de todas es que allá donde se impone la dinámica de fuertes contra débiles, la democracia muere.