Dice una canción de Silvio Rodríguez que quienes luchan toda la vida son los imprescindibles. Acaba de fallecer una de esas personas especiales cuya vida ha sido y será un ejemplo de resistencia, dignidad y coherencia con los principios revolucionarios que defendemos. Una persona generosa, entregada a lo común, con una vida austera, sin propiedades, sin vínculo alguno con el Estado. Entre muchas otras cosas, fue un pionero de la lucha antimilitarista desde finales de los 70; vivió durante años en Lakabe, lugar de referencia de las experiencias autogestionarias de ocupación y autogestión de pueblos abandonados. Fue coordinador de Brigadas Internacionales de Paz y, por su labor de acompañamiento, perseguido y represaliado. Un ser polifacético: panadero, agricultor, investigador, documentalista y activista político impenitente. Pasó los últimos años de su vida viviendo de la huerta, de las gallinas y convirtiendo la casa en la que vivió con su compañera en un lugar de encuentro abierto y acogedor. Aunque catalán de origen, su vida ha estado estrechamente ligada a Euskal Herria y a nuestras luchas en apoyo a defensores de derechos humanos perseguidos en Latinoamérica, por la desmilitarización, al ecologismo y al impulso del municipalismo. Ha sido y será un referente de cómo la forma de vida personal, en consonancia con la defensa de lo colectivo, el apoyo mutuo y la solidaridad con los oprimidos, es lo que aporta ejemplo y valor político a las críticas y alternativas al capitalismo y sus Estados al servicio del poder. Pero lo que más podemos poner en valor de esta y muchas otras personas que no figuran en los libros de historia ni aparecen en los medios es precisamente esto: son anónimos imprescindibles que jamás mueren porque su obra y su actitud están y estarán presentes siempre, a pesar de que su vida, sabiduría y experiencia no se quieran poner en valor, por si cunde el ejemplo y las nuevas generaciones se dan cuenta de que existe otra sociedad y otras formas de vida. Francesc, agur bero bat eta beti zurekin.